CADA VEZ PEOR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

09 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Mucha gente sigue creyendo que gobernar es como dirigir una familia, o una empresa, o un colegio, pero con cuarenta millones de hijos, de trabajadores o de alumnos; y que para hacer política basta con tener un poco de sentido común, de buena voluntad o de perspicacia, y multiplicar sus beneficiarios por el número correspondiente. La verdad, sin embargo, es muy otra, y basta con cambiar los números del problema para que la más pura racionalidad se convierta en una crasa estupidez. Así pasa, por ejemplo, con los emigrantes. Cualquiera de nosotros sabe como tratar a un magrebí que busca trabajo, o como recibir a una patera cargada de gente desesperada, hambrienta y aterida de frío. Pero nadie sabe que hacer con un millón de magrebíes, o como resolver el tráfico constante de pateras que cruzan el estrecho de Gibraltar. Y ahí, cuando fallan las soluciones individuales, debería empezar la política, para afrontar, con una racionalidad distinta, los problemas asentados sobre grandes números e intereses contradictorios. Y por eso nos quedamos boquiabiertos ante el espectáculo de los inmigrantes que deambulan sin techo por Barcelona o por cualquier otra parte de España: porque todos lo vemos muy fácil a título individual -un techo, un plato de sopa, unos papeles y un trabajito- sin entender por qué los políticos se quedan embarrados en el problema. Si tuviésemos un Parlamento activo, y si manejásemos con seriedad la opinión pública, todos los españoles sabríamos que no tenemos política de inmigración, y que, salvo en lo relativo al orden público -que tampoco alcanza el aprobado-, nadie sabe como afrontar, en términos políticos y con grandes números, lo que está tan claro en términos humanitarios. La magnitud y la gravedad del problema nos obligan a pensar que ya no sirven la políticas migratorias de los estados, y que sólo la Unión Europea puede intentar soluciones en origen. Las leyes actuales sólo aciertan a controlar los flujos de ilegales a la medida de las mafias, y, en vez de permitir que los inmigrantes lleguen aquí como trabajadores decentes, les obligan a iniciar su periplo europeo como puros delincuentes. Y es que, tratándose de una mano de obra que huye del caos social y político, sólo el mercado de trabajo, el oficial y el negro, acertará a equilibrar los caóticos flujos migratorios que llegan a Europa. Lo demás -las ONG, Cáritas, sindicatos y algecireños con mantas y termos de café caliente- son simples paliativos que contribuyen a disimular un problema que, en términos sustantivos, está sin afrontar. Porque ya no se hace política. O porque la política dejó de ir por delante, o a la par, de la propia sociedad.