LOLA BECCARÍA
07 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El otro día vi en televisión un reportaje de los años 60 en el que salían unas bailarinas de cabaret ligeras de ropa y moviendo las caderas rítmicamente. Lo más fascinante -y a eso voy- es que, ¡oh sorpresa!, estaban bastante rellenitas. Muslos y vientres generosos se vertían desde la pantalla, mostrando un modelo femenino que hoy en día podría considerarse casi rayano en la obesidad. Y sin embargo entonces era del gusto general. ¡Qué cómodos vivían en esos años y qué vapuleados ahora nosotros, presos de la moda contraria! Estar en los huesos es lo que se lleva desde hace ya un tiempo, y lo peor es que no parece que la moda vaya a acabar nunca con esta obsesión por la delgadez extrema, canjeándola finalmente por otra más relajada. Y aquí estamos, constantemente estresados por las grasas. Los hay que durante todo el año sacrifican sus comidas, y consiguen mantener a raya las adiposidades, y los hay que ahora en verano se enfrentan a la cruda realidad de sus cinturas, a esos kilos colgantes y fofos que, traducidos en volumen, vienen a moldear artísticamente los michelines. En pocas palabras, la práctica más extendida es sufrir, y no se sabe qué es peor y más doloroso, si la renuncia a comer los platos preferidos o la patética visión de la gordura ante el espejo, que baja el nivel de la autoestima a cero. Lo difícil es comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Porque una cosa es procurar no estar hecho una vaca, y otra muy distinta aspirar a ser un esqueleto viviente. En una sociedad donde precisamente las normas morales y éticas están pasando a ser propiedad del individuo, y no una dictadura de la masa o del sistema, asistimos como contrapartida al nacimiento de una severa norma estética, que viene a sustituir a aquellas en la palestra pública y que impregna cada rincón de nuestra conciencia colectiva, so capa de velar por nuestra salud. De este modo, prensa y revistas de todo tipo, en connivencia con la publicidad y los medios audiovisuales, parecen haberse confabulado en imponer por la fuerza un modelo de individuo perfecto, de vientre plano. Y en la medida en que la barriga no le alcanza el nivel de lisura que mandan los cánones, el ciudadano resulta degradado socialmente, e incluso él mismo se automargina, porque no se siente aceptado tal como es, y vive en guerra consigo mismo, tan sólo porque el mensaje procedente de fuera es demoledor. Hay, en definitiva, un nuevo clasismo, el de los estilizados de cuerpos danone. Y hasta la ropa se concibe desde esas premisas tiránicas. Pensemos, pues, en acabar con esta necedad, liberémonos de la opresión excesiva de las dietas y busquemos un término medio, disfrutemos de los exquisitos platos de nuestra tierra y aprendamos a no torturarnos gratuitamente.