GALICIAS

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO

24 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Mantilla, bandera y empanada. Galicia volverá a ser hoy lo plural que viene siendo desde que recuperó su libertad y desde que las Cortes Generales, en nombre del pueblo español, decidieron dotarla de una autonomía federal. Esta mañana del 25 de julio del año 2001 algunos, unos pocos, se levantarán y prepararán sus chaqués, y sus peinetas, y sus mantillas españolas, para acercarse a la catedral compostelana a celebrar el día del Apóstol, celebración que simboliza, desde hace años, una cierta idea rancia del país y, también, de su forma de integrarse en el Estado. Es cierto que aquel Apóstol matamoros del franquismo es hoy reivindicado como el viajero creador de un Camino cultural, el de Santiago, y que, por tanto, el Día de Galicia ha pasado a ser un poco el día oficial de quienes la quieren democrática y plural, europea y autonómica. Otros, bastantes más, se habrán acostado el 24 después de dejar las cosas preparadas: sobre todo su bandera azul y blanca con la estrella roja de todos conocida. Se levantarán temprano para tomar un autobús y acudir a la mani cantando canciones patrióticas y también, claro, A rianxeira y Negra Sombra. Después vendrá un recorrido por las calles de Santiago que es ya parte del paisaje del día 25, y la concentración en la Quintana para oír hablar de lo de siempre: de que Galicia es una nación, de que este pueblo no debe renunciar nunca a sus derechos nacionales y de que, antes o después, se llegará a la tierra prometida, aunque sea de momento más prudente no concretar ni fechas, ni caminos, para el viaje. Ya en la carballeira, y entre churrasco y vino fresco, los participantes comentarán plenamente satisfechos que otra vez más el Día da Patria ha lucido tan épico y esplendoroso como Galicia se merece. Finalmente se levantarán todos los demás, es decir, la inmensa mayoría y, antes que nada, mirarán por las ventanas, para comprobar si Pemán o Montesdeoca se han equivocado. Constatado que hace sol, aunque allí por el fondo se adivine alguna nube, comenzará el jaleo de las tortillas, la empanada y, si hay tropa menuda, de los cubos y las palas. Habrá, ¡qué horror!, quien se olvidará de la sombrilla de la abuela o de los potitos de los niños -¿dónde encontraremos potitos un festivo?- y quien pinchará, o se dejará la puerta sin cerrar. Pero a mediodía las playas serán una algarabía de gentes que, sin saberlo, se sienten orgullosos de un país cuya día grande se celebra entre pásame ese ribeiro Manoliño, Johnatan que se te va a cortar la digestión, y ya está tu padre leyendo La Voz en el puñetero chiringuito. Es el día de Galicia y el de la Patria de los que sólo aspiramos a un lugar donde no resulte descabellada la pretensión de ser feliz.