VENTURA PÉREZ MARIÑO PUNTO DE ENCUENTRO
23 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Las nuevas carreteras, las autopistas de la información, el conocimiento en tiempo real, el abaratamiento del transporte, la posibilidad de estar en otro lugar sin desplazarse, son todas variedades de la conquista de un nuevo don, hasta ahora propio de las divinidades, el de la ubicuidad. Las personas y las capitales pueden estar al tiempo en infinidad de lugares y situaciones. Son expresiones del nuevo fenómeno de este siglo: la globalización. En tiempos pretéritos el desplazamiento de las personas y el traslado de las mercancías era limitado y llegaba allí hasta donde era posible hacerlo con los medios existentes. Hoy las fronteras físicas han desaparecido y las posibilidades son enormes. Los capitales se han vuelto volátiles y aparecen donde les conviene. Las distancias se miden en tiempo de llegar y no en vano se nos ha prometido un tren a dos horas de Madrid. La globalización no es en sí misma ni buena ni mala, tal vez inevitable y fruto de la nueva situación que las comunicaciones posibilitan. Sin embargo el fenómeno conlleva efectos perversos. Por una parte han entrado en nuestras casas las imágenes y el conocimiento de un mundo de hambre y sufrimiento, nacimientos y muertes de escasa actualidad reflejados con exclusividad en guarismos, no dejando de ser incomprensible para la razón de muchos que unos hombres nazcan saciados de bienes y otros lo hagan en el fondo de un pozo. Y por otra parte, como acaba de declarar el que fue presidente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdesus, la globalización suele venir acompañada de una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza. Esa desigualdad creciente en dos mundos cada día más ajenos, el del desarrollo y el condenado a la miseria, elimina para éste las posibilidades de progreso. Mientras uno rema con las manos el otro ni necesita desplazarse al otear desde una posición majestuosa. Se distancian y en medio va surgiendo un muro de insolidaridad de apariencia inexpugnable. Para muchos de los que deciden, las cosas son así y, si bien hay que intentar cambiarlas, debe hacerse sin que peligre el estatus propio. Eso es lo que acaban de hacer el G-8 y el Banco Mundial: condonar la deuda y destinar dinero al sida o a la malaria; y, ciertamente, menos da una piedra. Sin embargo, las medidas son miserables. Los países del hambre necesitan la condonación, pero acto seguido necesitan desarrollo. El viejo proverbio chino recobra actualidad: es necesario hoy darles peces, dar de comer, pero si se quiere pensar en el mañana, si realmente se quieren cambiar las cosas, debe enseñárseles a pescar. Y no le quepa duda a nadie: si los países ricos se lo tomasen en serio, a la vuelta de unos años todo el mundo sería pescador.