¿PARTIDOS? DEPENDE, GRACIAS

La Voz

OPINIÓN

EL OJO PÚBLICO / Roberto L. Blanco Valdés

21 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya no hay ultramarinos, ni bazares de esos donde vendían cuerda o rumquinina; por no quedar, no quedan siquiera aquellas indescriptibles oficinas de correos en que un señor con bigote, o una señora, guardaban en cajas de puros pólizas y sellos. De ese paisaje español de los últimos años 70 casi solo permanecen las sedes partidistas. Prueben, si creen que exagero, y visiten a las que tengan más a mano: da igual si es del PP, del PSdeG o del BNG. Todas ofrecen un aspecto antiguo y rancio, que no hace más que reflejar externamente la naturaleza de las organizaciones que cobijan: los partidos. Y es que los partidos, que son insustituibles para organizar la democracia, son también, ¡ay!, un auténtico coñazo. Militar en un partido -y hacer esa política de las reuniones llenas de humo de la que hablara el gran politólogo Sartori- es, de hecho, una experiencia alucinante que no todo el mundo podría resistir. Resulta, así, que a casi nadie le interesa entrar en los partidos, pese a que son ellos los que cortan el bacalao en cualquier Estado democrático. Por lo demás, y en un auténtico círculo vicioso, el desinterés por afiliarse corre paralelo al que genera la política como actividad profesional. El espectáculo auténticamente bochornoso que han dado estos días el PSOE y el PP a cuenta de la renovación de los miembros de algunas altas instituciones del Estado explica con suficiente claridad por qué los ciudadanos no tienen ni una buena percepción de la política, ni de quienes la ejercen como una profesión. ¿Es posible luchar contra ese vendaval que ha convertido a los partidos en una de las instituciones peor valoradas del sistema democrático? ¿Es posible que los ciudadanos, que están convencidos de que aquellos son imprescindibles, lleguen a percibirlos además como organizaciones con las que podría ser interesante -¡o incluso entretenido!- colaborar de forma ocasional? Dos deficiencias, dos urgencias La verdad -¿a que engañarnos?- es que la devolución del prestigio a los partidos es, vista desde hoy, tarea de titanes. Constatado lo cual, ha de decirse que si quisiera intentarse de verdad, no hay para alcanzar ese objetivo más que dos caminos practicables: el de abrir los partidos a formas de participación en ellos más flexibles; y el reducir, mediante las incompatibilidades y la limitación de los mandatos, los vicios más nefastos de la profesionalización de los políticos. Esa es la vía que, al parecer, el PSOE se ha propuesto. Veremos en que acaba. Pues los partidos son, contra lo que tantas veces aparentan, organismos vivos. Sobre todo cuando han de defenderse; entonces, como Saturno, son capaces de devorar a sus propios hijos.