COMO SI NO COSTARA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA

12 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La música de la hostelería pone nerviosos a músicos y cantaautores, es decir, a gente que se gana la vida con el dinero que genera la música que escribe. Si uno compone una canción o la interpreta, y otro la utiliza para que sus clientes se sientan guay y consuman la peste alcohólica que consumen quienes se sienten guay, sin darle a aquél la parte del beneficio que le corresponda por haber escrito la música que amansa a las fieras, pues aquél se pone de los nervios. El juzgado número dos de Vilagarcía parece que no lo ve tan así, y da toda la impresión de que, en su muy respetable estima, semejante queja no se corresponde con lo que el autor exige. Coincide en su desestimación con otro juzgado de Catoira y con alguno de Santiago. De ahí se puede deducir, con todos los respetos y lo que haga falta, que según los jueces concernidos, los autores y su representante en este tipo de asuntos, la Sociedad General de Autores -a la que pertenezco- debe pedir una participación menor en el beneficio generado mediante el uso de sus obras, o no pedirla y quedarse francamente a verlas venir o a que llegue quien les dé ampliamente por donde amargan los pepinos, que es cosa de muy mal trago cuando se hace sin haber contratado la franquicia. Los libros se fotocopian, los discos se reproducen y las películas se graban. Son cosas en las que alguien ha invertido tiempo y trabajo e incluso, a veces, dinero, bien gastándolo en gastos varios, bien dejando de ganarlo por estar ocupado en esas cosas. Luego llega alguien que pasaba por ahí, usa y disfruta de ellas, las saca un partido y se va de rositas. Esto puede resultar normal es un país donde meter la pata es barato y meter la mano sale casi de balde. Si al dueño de uno de esos bares que pone en su local la música por la que no paga lo que le piden -pero la pone-, le fuera un parroquiano y le pidiera una botella de whisky, se la bebiera y se fuera sin pagar, con un simple «Hasta luego, Lucas», es muy probable que le entrara alguna gana de bronca así como de equilibrar a guantazos tan gratuito consumo. Es probable que el ejemplo sea exagerado, pero la exageración va por barrios. El poeta Kahlil Gibran, autor de El Profeta, puesto en su lecho de muerte, dejó la totalidad de sus derechos de autor -que ascendían al millón de dólares anuales- a su lugar natal de Bsari, en el Líbano. Este lugar lleva siglos dividido entre dos clanes maronitas, el de los Kayruz y el de los Tawq, históricamente entretenidos en hacerse mutuamente chicharrón. Es también famoso por el carácter sanguinario de sus nativos, entre quienes se cuenta el tristemente célebre Samir Geagea, de fama macabra por haber sido el jefe de las milicias cristianas que llevaron a cabo las matanzas de palestinos en Sabra, Chatila, Karantina, Tel el-Zaatar y Ein Helweh, bajo la vista gordísima del ejército israelí destacado entonces en el Líbano. La noticia del legado de Gibran a Bsari puso a sus habitantes en los nervios de hacerse con el dinero, y la ciudad pasó varios meses en una microguerra civil con bombas, asesinatos y fuego cruzado de artillería pesada. En los breves interludios de la lucha por la pasta, nunca faltaba un vecino que decidía disparar el antiaéreo que adornaba la terraza de su casa para celebrar el nacimiento de un nieto, por ejemplo. Al fin y al cabo, siempre hay quien asegura que no quiere el dinero para él, sino para sus nietos. El pirata suele ser un desprendido. Es lógico. No va a decir que lo quiere para llevar más cañones por banda.