ENRIQUE CURIEL CRÓNICAS HUSITAS
11 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Malos tiempos para la democracia chilena. Algunos estiman que debemos de sentirnos satisfechos porque Pinochet ya ha pagado, ha sido condenado por la Historia, ha sido procesado, padeció la detención en Londres y la humillación sufrida es indiscutible. El que no se consuela es porque no quiere. La verdad es que, como muchos suponíamos, Pinochet no puede ser juzgado en Chile. El poder civil, la democracia, los jueces, no pueden sustraerse del poder de un Ejército que no admite que su antiguo comandante en jefe sea procesado y, eventualmente, condenado como máximo responsable de noventa asesinatos directos y desapariciones cometidos por la Caravana de la Muerte. En realidad, el Ejército, al no aceptar que se le juzgue como institución por todos los crímenes cometidos, está defendiendo la oportunidad de aquel golpe de Estado de septiembre de 1973, que sacudió las conciencias en todo el mundo por la vesania y odio manifestado por la represión desencadenada. Las imágenes del bombardeo del Palacio de la Moneda, de los detenidos en el Estadio Nacional y las últimas palabras del presidente Allende despidiéndose a través de la radio de todos los chilenos, quedarán gravadas para siempre en el recuerdo del horror de uno de los acontecimientos más sangrientos del siglo que acaba de finalizar. El presidente de la República, Ricardo Lagos, ha pedido que se respete el fallo judicial. No tiene muchas opciones porque siente en su nuca el aliento de los militares. La Corte de Apelaciones de Santiago aplica el artículo 409 del Código Penal chileno y considera que la «demencia o locura» concurre en la causa abierta a efectos de sobreseimiento. Así, archiva definitivamente la responsabilidad penal como encubridor e inductor del senador vitalicio. La gravedad de lo ocurrido no deriva del ansia de venganza contra un anciano, sino que pone de relieve la debilidad del poder civil, las dificultades de una transición eterna y la existencia de una democracia vigilada y supervisada por los altos cargos de un Ejército que advierte, amenazadoramente, sobre las consecuencias de decisiones que no le gustan. Incluso es posible que Pinochet aparezca dentro de pocas semanas en el Senado y se siente en su escaño ante el estupor general. El desenlace del drama chileno nos obliga a comprender que no existirá justicia contra dictadores como Pinochet sin que el Tribunal Penal Internacional (TPI) vea la luz. Existe el Tribunal Penal Internacional sobre Yugoslavia (TPIY), que depende de las Naciones Unidas. Pero la justicia internacional no puede estar vinculada a la voluntad política de las grandes potencias. La muerte de Jack Lemmon ha sido premonitoria. Sólo nos queda recuperar las imágenes de Missing y pensar en el futuro.