JOSÉ ANTONIO PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
09 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.De un diario de Madrid me piden unos folios en los que he de destacar, para sus lectores, los atractivos turísticos de Ferrol. Confieso que redactarlos me costó más de lo que pensé en un primer momento. Y no porque la ciudad carezca de tales atractivos, que los tiene y en abundancia, ni porque yo no los haya detectado. Al contrario, descubrí sus encantos al poco de llegar aquí, y los que se me resistían me los fue mostrando con el tiempo Torrente Ballester desde muchas páginas de su obra literaria. Hoy es para mí un lugar tan conocido y entrañable como el pueblo en el que nací y del que procedo. La dificultad que encontré para escribir ese reportaje no procedía, pues, del desconocimiento de los atractivos de la ciudad, sino más bien de la naturaleza de los mismos. Lo que más me gusta de Ferrol es, quizá, lo menos turístico y lo menos ostensible. Hablé, claro, de lo que es evidente: de esa Ría plácida que sigue siendo espléndida a pesar del maltrato diario en forma de rellenos, vertidos y hasta puertos gasificadores. De los dos hermosos castillos que la flanquean y que la hicieron inexpugnable. Del trazado neoclásico del centro de la ciudad, lógico y geométrico, discreto y sin pretensiones. De ese modernismo romántico que podemos encontrar en algunos de sus edificios, combinación perfecta de belleza y elegancia. De la sencillez de su urbanismo, de lo fácil que resulta recorrerla a pie, de la belleza de sus playas próximas, abiertas al misterio de un horizonte que se hunde en el Atlántico. Pero me hubiera gustado hablar de otras cosas más sutiles, como la discreción de sus gentes o el sentido práctico de los ferrolanos, un ejemplo claro de cómo el urbanismo incide en el talante de sus habitantes. De su sentido del humor, que se insinúa en fina ironía cuando te presentan a un tal Gómez, pesadísimo, como Plómez, o conocen por Pandilla a un tipo al que siempre se le vio solo por la calle, o dicen de una señora con muy buen tipo, pero poco agraciada, que tiene «cuerpo de pecado y cara de arrepentimiento». Y aquí me acuerdo de la Semana Santa, un acontecimiento que además de turístico, por espectacular y bien cuidado, concita en su entorno a creyentes y a descreídos. A mí, por ejemplo, me sacó de encima un peso entre metafísico y existencial. Nada menos que me enseñó que el Dios justiciero y mal encarado con que habían amedrentado mi infancia se había vuelto, con los años, permisivo y tolerante, rodeado de gente normal y de niños que reparten caramelos y estampas. Vamos, que aparte de curar mis traumas religiosos, entendí que Dios se había hecho de centro, en un proceso similar al que siguió el PP de Fraga. Como ven, son cuestiones muy subjetivas y difíciles de explicar a unos lectores madrileños. Ferrol es esencia y forma. Tuve que extenderme en la forma y apenas pude entrar en su esencia, que es tan rica como aquélla y mucho más compleja.