TRIBUNA / Antón Losada
01 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Galicia no estuvo en el debate sobre el estado de la nación. Ni siquiera la proximidad electoral excitó la libido oratoria de sus señorías. El mismo país que llenó portadas y provocaba airadas peticiones de dimisión cuando las vacas se amontonaban mal enterradas en las cuentas, los mercados de ganado se morían de pena, amarraban las flotas o las riadas arrastraban pistas y aceras, apenas mereció un par de consignas hilvanadas de cualquier manera. Que a pocos meses de unas elecciones cruciales para la política estatal y tras un año tan duro, Galicia y sus problemas fueran una nota a pie de página, muestra hasta qué punto es invisible desde la Castellana, lo poco que preocupan al Gobierno y los partidos de la oposición nuestros avatares. En estos debates tan importante es lo qué se dice como lo que se calla. El silencio político es una forma de silencio administrativo. No hay respuesta desde Madrid para nuestros dilemas. Mejor será que nos busquemos la vida por nuestra cuenta. Galicia es sólo un amor de fin de semana, cuando vienen a pedirnos algo. El tono displicente usado por el presidente Aznar para contestar al BNG forma parte de ese silencio. Cierto es que el soniquete catastrófico de Paco Rodríguez no se corresponde con una realidad que ha ido mejorando prácticamente en todo. Hay más médicos, becas, ayudas sociales o carreteras. Así lo perciben los gallegos votando abrumadoramente al PP. Pero igualmente es cierto que Galicia progresa porque lo hace el conjunto del estado y tras diez años de gobierno Popular, no se ha producido convergencia con la media estatal en términos de riqueza y bienestar. Seguimos teniendo menos médicos, becas y ayudas sociales más cutres o carreteras peores. Estamos por debajo en todo y sin síntomas de ir a acercarnos a corto plazo en nada, excepto en campañas propagandísticas del Gobierno, donde batimos de largo la media española, europea y de la OCDE. Con poco acierto, pero indudable veracidad, el portavoz del BNG planteó cuestiones críticas sobre el papel que el gobierno central quiere jugar en el futuro de Galicia. Ninguna obtuvo más respuesta que el convencimiento monclovita de que Fraga ganará de nuevo y las tierras del Miño seguirán siendo un remanso de paz en esas turbulentas aguas autonómicas que pretende embalsar a decretazos y campañas mediáticas. Eso es Galicia en Madrid y eso es lo único que realmente les preocupa: la Pax Fraguiana y su continuidad; que Galicia no engrose el nutrido grupo de autonomías en situación de libertad vigilada. Tanta fe tiene Madrid en esta política de silencio que hasta en la réplica de Aznar llamó mucho más la atención lo qué silenció que lo dicho. Ni una triste referencia a las lluvias de millones que desde el arranque de este año electoral caen sobre nuestras cabezas. Si realmente ha de venir ese maná, no se entiende que el presidente no inundará con cifras el hemiciclo. Cuesta creer que lo olvidara o no figurase en las fichas que le pasan sus asesores. Si no lo hizo, lo más lógico es pensar que no será tan abundante y son los mismos mil millones, pero contados de forma diferente cada vez. Por si alguien precisaba más pruebas, ahí están. Galicia no ocupa el lugar que le corresponde y le conviene en el Estado. Ni ejerce ni se la reconoce como una de las tres nacionalidades históricas, ni siquiera en año electoral, cuando los políticos venden su alma por unos votos. A veces, el silencio dice más que cualquier desfile de palabras. Incluso a los sordos no les queda más remedio que escuchar.