A TORRE VIXÍA / Xosé Luís Barreiro Rivas
21 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque en Madrid dicen que Josep Piqué no es más que una sombra política, aferrada a su sillón, yo estoy convencido de que es un hombre de normal moralidad e inteligencia, que desea irse a casa y dejar de ser el pim-pam-pum de una oposición tan poco imaginativa. Y, aunque la prensa nacional insiste en la incoherencia del presidente del Gobierno, y en su vergonzoso olvido del programa de regeneración post-felipista, yo creo que Aznar no le va a dar mucho tiempo a Piqué para pensarlo, y que en cualquier momento puede sugerirle la conveniencia de abandonar los Cerros de Úbeda para tomar las de Villadiego. ¿Entonces -se preguntarán ustedes- por qué no dimite? ¿Por qué se empeña en desgastarse a sí mismo, y a su Gobierno, en vez de protagonizar una salida al estilo europeo? La razón de esta conducta hay que buscarla más allá de los intereses personales o de partido, para situarla en un contexto político que hace imposible la comparación entre el caso Piqué y los restantes episodios, aparentemente iguales, que tuvieron lugar en Europa, hasta el punto de reconocer, sin ironía de ninguna clase, que dimitir en España es una temeridad, y que cualquier político avezado debe pensárselo dos veces antes de tirarse por el barranco. En su acepción más profunda, la dimisión es un instrumento esencial de la democracia, que tanto ayuda a depurar responsabilidades políticas y deslices personales, como a enrocarse coyunturalmente en el tablero de la política y reiniciar la legítima partida del poder. Pero, para que todo funcione bien, el acto de dimitir exige una determinada cultura política, afecta a la presunción de inocencia y al postulado hipotético de la moralidad pública, de forma que, lejos de condenar por anticipado al dimisionario, lo convierta en un ejemplo de honradez y de entrega al interés colectivo. Y eso no es, obviamente, lo que sucede en España, donde -tanto para los políticos como para el ciudadano de a pie- la dimisión se convierte en una confesión de culpa y en una prueba de cargo, además de ser la señal inequívoca para que los jueces, los ramallos y los tertulianos, empiecen a hacer leña del arbol caído, hasta convertirlo en chivo expiatorio de una sociedad bastante corrupta y envilecida. Y así -lo sé por experiencia- no se puede dejar el sillón. Porque dimitir en España es como pinchar el Requiem de Mozart en una sala de fiestas, o poner vino añejo en un magosto. Lo más inteligente y eficaz entre nosotros es aguantar, y convertir el poder en un repelente de los inquisidores agazapados que dominan el país. Y por eso ninguno de nuestros dimitidos regresa a la vida pública: porque tienen mucha moral, pero no sirven para la política.