LA SOCIEDAD QUE EMERGE

La Voz

OPINIÓN

ANXO LUGILDE SIN CONEXIÓN

19 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Una asamblea de meigas lanzó sobre los gallegos la plaga histórica de sufrir un mal gobierno, aquel que no responde eficazmente a las demandas de sus administrados. Así el gallego tuvo que aprender a resolver por su cuenta problemas que no interesaban en Madrid. Emigró en masa y logró, aún que sea por debajo de los estándares europeos, un nivel de vida nunca soñado hace medio siglo. Mientras sectores clave de la economía gallega ligados a la Administración se hundían en profundas simas en las últimas décadas, una rama con poca tradición brotaba con una fuerza capaz de paliar los desastres naval y lechero. Nacida por generación espontánea, la industria textil constituye la mejor muestra de la creatividad, espíritu empresarial y sentido universal del gallego. Ese mismo que, a través de unos armadores de Ribeira, puede alcanzar en Marruecos aquello por lo que la Administración europea rehusó pelear: el sustento de miles de familias. Recogen así el testigo de otros armadores, los que descubrieron el fletán para pescar en un mar cada día menos libre. La osadía de un Gobierno (el canadiense) que defendía ilegítimamente los intereses de sus administrados convirtió el rentable negocio del fletán en una efímera hazaña, gracias a la desidia de otro Gobierno (el español) que no supo preservar los derechos de sus administrados gallegos. En las últimas semanas ha vuelto a manifestarse la vieja maldición. Al Gobierno de Madrid le ha preocupado mucho más mantener en su puesto a unos ejecutivos que aún creen que Galicia es una reserva productora de materias primas que pensárselo dos veces antes de permitir que reputados especuladores financieros hagan negocio con una industria vital para la Galicia rural, Ence. Al Ejecutivo de Aznar no le ha importado que los propietarios forestales, el Banco Pastor y el gran grupo de la Eurogallaecia (Sonae) presentasen un plan para aprovechar el enorme potencial forestal del país. Tampoco la Xunta, maniatada por una notoria división interna, fue capaz de garantizar que la nueva Ence naciera con un proyecto genuinamente gallego, no sólo depredador y contaminante. Mientras la nada desdeñable presencia de Caixa Galicia en el accionariado permite a la Xunta evitar daños mayores, la oposición ni si quiera ha sido capaz de sacar ventajas de un proceso plagado de extraños sobresaltos. Para PSOE y BNG parece irrelevante que el Estado haya elegido a los Albertos como uno de los socios de referencia. ¿Tan desalentador escenario debe conducir al tópico llanto? Todo lo contrario. La sociedad gallega ha vuelto a demostrar que puede ir muy por delante de sus representantes. De su seno ha brotado un grupo de propietarios forestales que no se resigna a ver como sus ingresos merman espectacularmente en pocos años. La papelera que promueve Foresgal en la zona norte demuestra que en Galicia hay vida suficiente para seguir conjurando maldiciones.