AUTISMO SINDICAL

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

17 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Si se cuentan los escaqueados, los que fueron a fichar y se marcharon, los que quisieron entrar al trabajo y se encontraron con la puerta bloqueada, y los que tenían el quiosco abierto y fueron obligados a marcharse, es posible, como dicen los sindicatos, que la folga haya afectado a un 65% de la población. Pero si contamos sólo a los que pararon voluntariamente, dispuestos a manifestarse y a que les descuenten un día de salario, es posible que incluso la Xunta se haya pasado, y que los devotos de la greve xeral no hayan llegado al 14%. Por eso me temo que la guerra de cifras abierta después del 15-X no es más que el último capítulo de un lamentable episodio que sólo sirvió para poner en evidencia a un sindicalismo autista, desvinculado de la ciudadanía, y dedicado a dar gusto y función a sus propias burocracias. Y esa es la razón por la que el éxito de la huelga quedó encomendado a piquetes violentos y chulescos, a veces encapuchados, dispuestos a salvar nuestro nivel de vida a base de romper cristales, tapar cerraduras con silicona, amenazar a los que quieren trabajar, y bloquear los servicios que necesitan todos los que no creen en sus pamplinas. Después de años de chalaneo con el poder, para afianzar el maná -legal o consentido- que les viene de arriba, y después de haber creado una burocracia profesionalizada que vive de eso, protegida por un absentismo laboral tan legal como inútil, la folga xeral cayó sobre Galicia como un meteorito, sin que nadie haya sabido conectar sus efectos con la realidad económica y laboral del país. Lejos de centrarse en cuestiones de naturaleza laboral, los sindicatos articularon su típico discurso de partido, en el que se mezclan algunas cuestiones de política general con su indisimulado deseo de apropiarse del debate sobre la política económica, como si todavía estuviésemos gobernados por la dictadura de Franco y no tuviésemos parlamentos que representan de forma legítima todos -¡todos!- los intereses de la nación. Pero ellos están en otra guerra, y necesitan echarle pulsos al poder que les paga y sostiene su chiringuito. Y por eso decidieron demostrar que pueden parar al país. ¿Cómo? Llenando las calles de gamberros que apedrearon cristales, pincharon ruedas, empujaron a los turistas que estaban cenando y convencieron a los comerciantes de que era peligroso abrir. Pese a todo, el panorama de las once de la mañana en Santiago era muy revelador: los comercios abiertos, los trabajadores en sus puestos, y los clientes en casa. Es lo que se llama la huelga al revés, la forma en que UGT y CIG afrontan la nueva economía, y el canto del cisne del viejo sindicalismo industrial. ¿Y Fraga? ¡Pletórico! Con toda la razón.