CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO
14 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El burro, el perro, el gato y el gallo que habían llevado a cabo sus trabajos, durante años, con dedicación y fidelidad; al envejecer y mermarles las fuerzas, sus amos los tenían destinados al sacrificio. Al darse cuenta de tamaña felonía, se escaparon y echaron a andar hacia Bremen, en donde pensaron dedicarse a la música. Pero nunca llegaron a Bremen, pues encontraron la felicidad por el camino. «¿Dónde está Bremen?», me pregunta Laura cada vez que acabo de leerle este cuento. «Sobre una duna», le respondo sin haber estado nunca allí. Durante un temporal, en medio de la desembocadura de un río llamado Wéser, unos pescadores trataban de encontrar un lugar seguro en tierra donde refugiarse de la crecida. Observaron que una gallina conducía a sus polluelos a una elevada duna. La siguieron, se salvaron de la inundación y fundaron en ese lugar un pueblo de pescadores y navegantes. Antes de que me suceda lo que a estas laboriosas bestias, también parto a Bremen. Nada más entrar, en su casco viejo salvado de los bombardeos de la guerra, observo que los músicos callejeros que ahora la animan son rusos. Entonan con voces rotundas, acompañados de las balalaicas y vestidos con trajes regionales, canciones cuya letra se me hace incomprensible pero no así su melancolía. En la esquina hacia el noroeste del Ayuntamiento está la torre de escalera gótica. Debajo de ésta se eleva sobre un pedestal la escultura de los cuatro animales, los del cuento de Gebrüder Grimm. Cerca de aquí, en el antiguo barrio del puerto, hoy denominado la Böttcherstrasse, se encuentra la fuente de los Siete Perezosos, obra del escultor Hoetger. Hace referencia a un cuento popular menos internacional, que, sin embargo, tiene la misma sabiduría que el de los músicos. Los siete hijos de un campesino eran perezosos. Para no ir a buscar agua al Wéser construyeron un pozo; empedraron un camino para no tener que sacar los carros atascados en el barro; y plantaron árboles delante de la casa para no tener que llegar al bosque. Esta pereza tan creativa es admirable y para tener en cuenta. En este mismo barrio parece ser que estuvo la casa de Robinson Crusoe. En la versión original de la novela de Daniel Defoe, la familia de Robinson se llamaba Kreutzner y había emigrado de Bremen a Heell en Inglaterra. ¿No fue este marinero el octavo perezoso? Para no tener que aguantar a la gente se fue a una isla y allí quedó mudo y solitario por largo tiempo. Y tan perezoso y miedoso era que prefirió hacer el camino de Lisboa a París por tierra antes que aventurarse hasta La Coruña por el tenebroso mar. Aunque, bien mirado, en aquellos tiempos estos caminos eran incluso más peligrosos que los otros. Me agrada coincidir, por estas encrucijadas, con Bernardo Atxaga. Ha sido siempre un buen compañero de viaje, un viejo amigo al que admiro como lector. Comparto esta opinión con Laura, a quien le gustan mucho sus cuentos, alguno de los cuales se los dedicó incluso antes de que naciera. Le invito a que continúe narrándonos la vida de los músicos, los traiga a Bremen, ahora que la hemos descubierto paseando por estas estrechas calles que aún conservan el olor y el sabor salado de una brisa entre las dunas.