JUAN CARLOS MARTÍNEZ MUY AGUDO
04 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Si Plutarco viviera, no dejaría de fijarse en que José Castro, ex-alcalde de Ponteareas, un clásico del municipalismo gallego, está pasando ahora las que pasó otro grande, el gran Sócrates, en aquellas lejanas pero siempre presentes vísperas de la decadencia de Atenas. «¡Pide clemencia, maestro, que la asamblea te la concede!», le decían sus discípulos y allegados. Y él, erre que erre, mirando para la cicuta como si fuera la ensalada tropical, empeñado en que aquellos jueces suyos eran unos nuevos ricos, compradores de democracias, que no se merecían ni medio aoristo de su verbo florido. «¡Négallo todo, xefe!», le dicen ahora los discípulos a Castro y él, nadiña, ni palabra, estoico al modo de las Rías Baixas, mirándose en el ejemplo de tantos mandatarios de más de una legislatura a quienes sólo puede juzgar la historia. Y eso que podía (aprovechando la ocasión de que el desempleo cae a mínimos históricos) apabullar a sus detractores simplemente exponiendo su contribución a la creación de empleo en la comarca. O recordar los cientos de kilómetros de caminos asfaltados (camino de ser ciudad fue uno de sus eslóganes) durante sus treinta y dos años de mandato. O invocar el apoyo del pueblo, que aún en su ausencia mantiene su apellido en el sillón de la alcaldía, por herencia democrática y por incompatibilidad de caracteres entre los activos miembros de la oposición. Pues no. De invocar nada. Castro se queda mudo ante las preguntas de la fiscalía y de la acusación sobre medio ciento de contrataciones supuestamente hechas a dedo. Quien calla, otorga, gritan los acusadores, acudiendo al refranero. Ya hablarán los tiempos, piensa el acusado. Lo mismo que a Sócrates le salió un Platón que nos dejó para los siglos el problema de la adecuación de los conceptos a la realidad, a José Castro le ha salido, de momento, una Navia Castro continuista y moderna que nos plantea el dilema de si esto de la política es cuestión de casta o si algún día los administrados sabrán que el mando, hoy, sólo se justifica por delegación de la soberanía popular.