UNA PESADILLA

La Voz

OPINIÓN

MUY AGUDO / Ernesto S. Pombo

02 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Las autoridades estadounidenses han reconocido que de no producirse en España un movimiento social y político tan fuerte, Joaquín José Martínez, el español acusado en Florida de doble asesinato, ya habría sido electrocutado. El propio fiscal, a la vista de ese respaldo, ha optado por ejercer de malabarista y cambiar su petición de pena capital por la de cadena perpetua. Algo es algo. Los Estados Unidos se revelan, día a día, como uno de los países más primitivos del mundo. Hay que civilizarlo urgentemente. Quienes pretenden liderar el nuevo orden mundial, quienes quieren convertirse en centinelas del mundo, no pueden poner la vida de los ciudadanos a expensas de movimientos de solidaridad más o menos enérgicos. El caso, al margen del desenlace y de las irregularidades detectadas en el primer juicio, revela cómo si puedes pagar los elevados honorarios de un buen abogado y movilizar a todo un país a tu favor, escapas del corredor de la muerte. Pero la gran mayoría de los acusados no pueden permitírselo. E irremediablemente son ejecutados. Los americanos lo saben. Ejecutan a más negros y pobres. Y, peor si cabe, uno de cada siete ejecutados es inocente. Compartir el récord anual de asesinatos legales con Arabia Saudí, Irán, China y el Congo, debe de hacer recapacitar a la sociedad americana, tan proclive a este tipo de violencia. Casi el 71 por ciento de los ciudadanos aprueba las ejecuciones; unas cincuenta al año. Los americanos se sienten destinados a purificar los vicios de su sociedad de la forma más brutal. Matando. No encuentro diferencia entre los asesinatos hitlerianos y las sentencias dictadas por un país que se considera ejemplar. En un Estado social y democrático de derecho como el suyo no es concebible que la sociedad se desentienda de un asunto de este cariz. Tiene un compromiso. Ineludible. La gran democracia americana, el país que se autoproclama adalid planetario de los derechos humanos no puede ocultar sus miserias domésticas. Y no sólo no las oculta sino que se muestra orgullosa de ellas. Su vida pública apesta. Por eso, tiene que rectificar. Para no llenar de cadáveres su historia venidera y para que la carrera de Bush no se vea, aún más, empañada por la muerte. Ninguna sociedad puede sustentarse en crímenes legales. Y la americana lo hace. Porque ha abolido el sentimiento y la razón en vez de abolir la pena de muerte. Algún día esta pesadilla acabará. Pero mientras tanto, sólo nos queda echarnos a llorar.