MUY AGUDO / Juan Carlos Martínez
28 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Está visto que la prensa no sólo sirve para relatar sucesos. Las respuestas apasionadas del público y las prontas reacciones de los partidos políticos muestran que el debate abierto sobre el urbanismo caótico hacía falta y estaba en la mente de todos. Aún hay quien cree que queda mucho paisaje y se atreve a manifestarlo; otros opinan que el debate exige ir a la raíz y pedir responsabilidades de la desfeita. Pero la gran mayoría coincide con diagnósticos ya antiguos, como el que hacía el arquitecto César Portela hace veinte años: «Estes fenómenos -el desorden y la destrucción del patrimonio- veñen da man dunha cultura allea de corte urbano-industrial e pretensións internacionalistas, que contribúe de forma drástica á desaparición da cultura propia. (...) A poboación auctóctona, víctima da trampa do densenrolismo a calquera prezo, e mercede ao seu paso pola emigración e á influencia dos medios de comunicación de masas, tamén colabora neste ceremonial de autodestrucción do medio físico e social». Hay un punto de acuerdo: la construcción caótica en nuestras aldeas, pueblos y ciudades es culpa de mucha gente. De los particulares, por falta de recursos o porque, teniendo recursos sobrados, carecieron de cultura suficiente como para amar su tradición y su entorno; de los poderes públicos enrocados en el posibilismo y reacios al enfrentamiento con los votantes; de los promotores, incluidos los que sólo levantarán una casa en su vida, que apuran al máximo el beneficio construyendo por encima de los límites, y también de los medios de comunicación, que no han sido críticos con el desastre. Los responsables políticos terciaron ayer en el debate. El presidente de la Xunta, Manuel Fraga, afirmó en Portugal que, en este mundo cambiante, es necesario el diseño de una política urbana basada en la colaboración, la complementaridad y la integración. La oposición -el BNG y el PSOE- se ajusta a su guión y aparece con declaraciones muy similares en las que se viene a decir que el PP ha permitido, cuando no fomentado, el desorden edificatorio. A nadie se le debe negar su parte de razón. Pero todos podemos evocar casos de municipios destrozados en los que no gobernó el PP. La explicación que nos dan los dos partidos de la oposición es demasiado simple. Y para problemas tan complejos como la pérdida de la armonía y la falta de consenso para construir un país, las simplificaciones no son buenas.