CON LETRAS MAYÚSCULAS

La Voz

OPINIÓN

ALFONSO DE LA VEGA GARITA DE HERBEIRA

19 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Don Camilo, el del Premio, suele contar al amor de la lareira que los lugareños de la Costa de la muerte preparaban hogueras para desorientar a los navegantes inexpertos o poco conocedores de la geografía real del país, desviándoles de su natural singladura marcada por los verdaderos faros, provocar su naufragio y despojarles de su patrimonio. Sea o no esta leyenda conseja inventada para noches de invierno mientras se resguarda la gente del temporal, sí parece que una nueva versión de estas falsas luminarias se viene produciendo en esa simbólica costa de la muerte cuyos arrecifes y traicioneros bajos se llaman fanatismo, enmucetada ignorancia, ambición e intolerancia. Me refiero al olvido, que parece premeditado, de grandes escritores gallegos y las lamentables consecuencias que ello va a tener, sin duda, en la educación y formación de los jóvenes que están iniciándose en el siempre azaroso periplo de la vida y del ejercicio de la ciudadanía y que se encuentran privados de cuadernos de bitácora fiables y de difusión universal. En efecto, se echa en falta la presencia de un Salvador de Madariaga, republicano, masón, humanista, cosmopolita, cuya vocación de escritor le llevó abandonar ese pane lucrando (que decía Don Quijote) que le proporcionaba su profesión de ingeniero. De un Torrente Ballester, sabio escéptico, que evolucionó desde su primitivo falangismo hacia ese estado de humor que supone hacer al diablo, agente de concienciación de reyes pasmados, natural de Cedeira, cuando, hasta ahora, los mortales creíamos que dios se había estado entrenando en otros lugares de la creación para lograr allí un paisaje perfecto. Y qué decir de doña Emilia Pardo Bazán, una de las personas que mejor conocía la realidad gallega de su tiempo, fustigadora de la lacra del caciquismo y que frente a paleonacionalistas misóginos como Martínez Murguía, reivindicaba su derecho como mujer a pensar, sentir y escribir. Lo mismo que Rosalía, que harta de aguantar la estulticia y estrechez de miras de algunos galleguistas quiso dejar su testamento literario en la lengua común de todos los españoles. No podemos olvidar tampoco la sabiduría de la naturaleza que nos muestra don Wenceslao, en su emocionante descripción de la fraga de Cecebre dotada de vida y entidad propias, en un lúcido antecedente del moderno concepto científico, casi teológico, de ecosistema. Y cuyo Fendetestas ha resultado premonitorio de Audasa y sus actuales peajes. La evocación sería interminable pero hay que acabar y una buena forma de hacerlo es celebrando a uno de los más grandes artistas españoles de todas las épocas, viajero, explorador del alma, genial historiador de la vida, experto en tiranos con banderas, cuya lectura no puede eludir nadie que quiera conocer en toda su fascinante belleza y profundidad a Galicia y a España. Podemos imaginarlo por las tierras del Salnés, de lazarillo de ciegos, con cara de plata defendiéndose de los lobos. Aunque los lobos que el más temía no son grises, sino negros, y desarrollan sus correrías en los bosques de piedra cerca del Obradoiro. Claro que para ellos había desarrollado un arma muy poderosa, la mejor que tiene el hombre, la de convencer razonando,... con divinas palabras. Esas sí que son letras gallegas. ¡con mayúsculas!.