AL DÍA / José Ramón Amor Pan
15 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Nuestra opinión pública está seducida por la juventud y los cuerpos danone. Por ello nadie lanza un eslogan que afirme ¡Qué grande es ser mayor!, como si la vejez no tuviese su propia plenitud de vida, como si no fuese más que la antesala de la muerte. Antonia tenía 78 años y Alzheimer; Sebastián era un poco mayor que ella, 84 años, y le acababan de diagnosticar un cáncer de pulmón. La desesperación se adueñó de ellos ante el panorama que se avecinaba y decidieron morir juntos. ¿No podrían haberse producido los hechos de otra manera? Vivimos tiempos recios, de dramáticas paradojas: hemos alcanzado una de las aspiraciones básicas del ser humano, aumentar de manera muy importante los años que vivimos, pero resulta que no sabemos muy bien qué hacer con los viejos y sólo hablamos de ellos en clave de problema social. El desmantelamiento de la familia y de la vecindad acaba con los lazos de reciprocidad y produce una división profunda entre las generaciones. El aislamiento y el abandono amenazan cada vez más a los ancianos. Los hijos no pocas veces, cual Caínes contemporáneos, se preguntan: ¿acaso soy yo el guardián de mis padres? Las personas mayores tienen necesidades materiales que implican a toda la sociedad y que han de ser satisfechas como obligación perfecta o de justicia por los mecanismos públicos. También tienen otras necesidades que podrían denominarse de honor, cariño y respeto y que dependen fundamentalmente de la familia. No podemos dejar abandonados a nuestros mayores, so pena de ser gravemente inmorales y crear un entramado humano absolutamente irrespirable. No basta con hacer de la necesidad (tener que aguantar a los mayores) una virtud (el valor de la integración social). No es lo mismo soportar a un grupo de personas inútiles para los fines de la comunidad que integrar su experiencia en la formulación de los proyectos personales y comunitarios. Los mayores tienen mucho que aportar a nuestras vidas y deberíamos estarles profundamente agradecidos, por lo que nos han dado y todavía nos siguen dando. La respuesta pasa por el reto de reforzar el mundo vital del anciano, hacerle sentir que es alguien valioso para nosotros. Es la apuesta por la relación empática, la escucha atenta y respetuosa al que tiene algo importante que decirnos, acercarnos a la historia de vida del mayor, lo que supone conocer, respetar y promover sus gustos, preferencias y valores. Es el momento de proponer significaciones para vivir, porque serán las que conviertan este periodo de la vida en una etapa creativa. Sin duda, Antonia y Sebastián ya han alcanzado la paz. Pero su muerte nos debería empujar a preguntarnos acerca del modelo antropológico vigente y el tipo de sociedad que estamos construyendo. ¿Realmente estaban cansados de vivir o les asustaba tener que afrontar en soledad el final de sus días? ¿Era la muerte lo que deseaban o un espacio social adecuado a su nueva realidad personal?