EL OJO PÚBLICO / Roberto L. Blanco Valdés
12 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Fíjense como está el patio: sucedió en Ames, una pequeña población cercana a Compostela, el miércoles pasado. Movilizados por un grupo nacionalista de cuyo nombre no quiero acordarme, un grupo de escolares, cansados, al parecer, de las deficiencias de su centro, rodearon el Concello al grito de «alcalde, cacique, el instituto se va a pique». Terminada la protesta, y según informaba el corresponsal de este periódico, algunos estudiantes arriaron la bandera de España que presidía la entrada del local consistorial. ¡Es chocante! Lo es, claro, habida cuenta de que todas las competencias en materia de educación y de enseñanza corresponden a la Xunta, por lo que, ya puestos a arriar una bandera, los estudiantes arriadores deberían haber arriado no la de España, sino la de Galicia. Pero lo es más que nada, y sobre todo, por el hecho de que haya chavales a los que les preocupen de ese modo tan obsesivo las banderas. ¿O es que no les parece a ustedes, como a mí, un poco alucinante que quienes apenas acaban de guardar las barbies y los madelman, con los que han jugado hasta anteayer, sufran por la presencia de una bandera, sea esa la que sea? Si algo hay incompatible con las banderas -la de Galicia, la de España, la de Guatemala o el Kurdistán- eso es la juventud. Tanto que cuando una juventud se socializa, en la familia y/o en la escuela, en la obsesión por las banderas y los himnos, las cosas acaban como han acabado, al fin, en el País Vasco: con una sociedad votando en unas elecciones democráticas dramáticas en las que está en juego la libertad de decenas de miles de personas. La pintoresca anécdota de Ames resulta así, en germen y en pequeño, una metáfora de algunas de las razones explicativas del gran drama al que hoy los vascos tienen la responsabilidad de buscar una salida constructiva. Pues de hecho, gane quien gane los comicios autonómicos, la gran tarea que desde ya mismo, cuando a las ocho se cierren los colegios, tienen por delante los futuros diputados y el gobierno que aquellos decidan elegir será la de acabar con una amenaza terrorista que ha convertido el País Vasco en el único territorio europeo que vive bajo un permanente estado de excepción. Para ello existe un único camino: detener y juzgar a los terroristas y a sus cómplices y evitar que nuevos jóvenes pasen a ocupar las vacantes que los detenidos van dejando. Esto último será mucho más fácil si a los jóvenes se les persuade de la poca importancia que tienen las banderas, todas las banderas, que si se les convence, como hasta ahora, de todo lo contrario.