FEDERICO ABASCAL
10 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los obispos españoles están arremetiendo con unanimidad sin fisuras contra la píldora del día después, que, según los científicos, no daña al embrión pues se limitaría a impedir la fecundación del óvulo o su implantación en el útero. Los ciudadanos progresistas ven en estas actitudes del Episcopado la oportunidad de reafirmarse en sus criterios. No deja de ser curiosa la unanimidad de los obispos en cuestiones de aborto, protegiendo hasta la exposición del óvulo a su hipotética fecundación, cuando algo más acongojante que la píldora del día después, como es el terrorismo de ETA, que no sólo mata proyectos de vida sino al hombre en su espléndida realidad social, ha producido recientemente en nuestro Episcopado algunas divergencias, resueltas, eso sí, con una declaración taxativa del presidente de la CE, monseñor Rouco Varela, que despeja toda ambigüedad. Pero en los sistemas políticos laicos, como el español, las discrepancias morales en el seno de la sociedad no deberían encender pasiones confesionales o dogmáticas sino, al contrario, evitar tensiones entre el laicismo y la religiosidad, tarea en la que los obispos tendrían una responsabilidad ineludible. La defensa de la doctrina vaticana es obviamente una obligación de los purpurados católicos, pero su sitio estaría en los púlpitos, en el contacto directo con su feligresía, más que en los grandes altavoces sociales, que a menudo, por su propia esencia mercantil, favorecen, aunque sea involuntariamente, cierta crispación social.