ANDRÉS ABERASTURI
09 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La venta en farmacias de la llamada píldora del día siguiente pone sobre el tapete el debatido tema de la objeción de conciencia. Y como aquí tenemos de todo, la asociación de Farmacéuticos católicos -que al parecer existe realmente- ha hecho un llamamiento al colectivo para que no vendan el medicamento. Esto es realmente grave no sólo por lo insólito del hecho mismo, sino por las consecuencias que sin duda tendrá en localidades y pueblos con una sola farmacia. ¿En nombre de qué o de quién un profesional sea católico, budista o mahometano me va a negar un medicamento autorizado? ¿A qué viene apelar a su conciencia? Su conciencia lo único que puede prohibirle es utilizar él mismo la famosa píldora, pero de ahí a convertirse en el juez que ordena la moral de otro, hay un abismo. Supongo que es pedir peras al olmo, pero debería ser la propia Iglesia en su magisterio la que aclarase las cosas y de la misma forma que aun hoy se opone públicamente no sólo a la píldora del día siguiente sino a cualquier tipo de anticonceptivo, digo yo que debería dejar claro a los farmacéuticos católicos, que ni pueden ni deben oponerse a la libertad de los demás. Lo que parece mentira es que a estas alturas aún sigamos debatiendo estas cosas. A mí me parece muy bien que la Iglesia Católica siga en sus trece y roce el absurdo en lo que se refiere a moral sexual; es muy dueña de ir contra la realidad y de crear entre sus fieles situaciones de angustia innecesaria. Allá ella; pero lo que no puede es entrometerse en mi vida y respaldar desde la fe una actitud, la de los farmacéuticos, que tendría que ser única y estrictamente profesional: despachar un medicamento autorizado y recetado.