ERNESTO S. POMBO
08 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando vi a los aragoneses insultar a Juan José Ibarretxe, mientras salía protegido de la catedral de Jaca, y que Aznar y el lehendakari rehusaban saludarse, me vino a la memoria la imagen de los asesinos de Manuel Giménez Abad brindando con champán por el espectáculo. No lo pude evitar. Y lo harán por partida doble, pensé. Porque lograron su objetivo de matar a otro demócrata y porque, una vez más, la división que ofrecen nuestros políticos y, con ellos, una parte de la sociedad, les da aliento para seguir con su sanguinaria espiral de violencia. Es evidente que la democracia ha de ser defendida por los demócratas. Por los que no llevamos pistola. Nadie lo va a hacer por nosotros. Sin los asesinos y sin sus cómplices. No los necesitamos. Pero vociferando, dividiéndonos, insultándonos y descalificándonos no lograremos más que satisfacer a quienes desean imponer el caos a cualquier precio. De esta situación los únicos beneficiados son ETA y quienes amparan su estrategia de terror. No nos queremos enterar. Si las siglas de la organización terrorista representan la repugnancia y el horror, sus fines no resultan menos nauseabundos. Enfrentar a los demócratas es uno de ellos. Quieren fracturar a la sociedad. Imponer el caos. Nuestra amargura, nuestra indignación y nuestro dolor ante cada nuevo cadáver son motivos para sus brindis. No sigamos cayendo en la trampa. Aquí sólo hay un enemigo. Ni los pésames, ni los insultos, ni los elocuentes discursos, ni las masivas manifestaciones, ni las acusaciones mutuas van a terminar con él. Al contrario. Lo fortalecen. Así que ya va siendo hora de que nos digan qué se va a hacer para acabar con ETA antes de que ella acabe con nosotros.