LA DECISIÓN ES SUYA

La Voz

OPINIÓN

LUCI GARCÉS

08 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Si no fuera muy triste, sería para tomárselo a coña en el más castizo humor popular. Hete aquí que la España del tercer milenio anda discutiendo con quién se va a casar don Felipe de Borbón, un barbián de sangre real, bien retrechero, que ya ha pasado la treintena como hacen todos los hijos de familia, sin separarse demasiado del hogar, pero con vivienda propia y con empleo. Se alega para poner en duda, que no en solfa, que la moza elegida no reúne todos los cánones exigidos, pero nadie explica cuáles son éstos. Resulta que se acepta que el asunto de la Corona, el de la herencia, es un tema de carácter familiar. Y de nuevo, sin retrotraernos al Auto Acordado de 1713, es decir, a la Ley Sálica, en la actual Monarquía las hembras han sido relegadas detrás del varón y hermano menor. Una cuestión que debería haber alporizado a los santos padres de la Patria, a los veneradores del Gotha, a las feministas internacionales y hasta al sursum corda. Pero no, es cuestión familiar, como lo de la religión, la educación o las reprensiones corporales (adviértase la delicadeza con la que eludo la palabra castigo) que haya recibido para llegar a ser el perfecto príncipe, sin ningún Maquiavelo que se precie asesorándolo. Sin Corte Tan es un asunto privado casi todo lo relacionado con la familia real, y tan discretos son ellos, y tan campechanos, que nadie se rasgó las vestiduras, salvo los que aspiraban a ello, cuando pasaron por alto eso de la Corte, y formaron el entorno del cargo como cualquier empresa. La Corona tiene dignos representantes, ejecutivos reales al servicio de España. Y en su hogar, es decir, en la parte privada de la Zarzuela, como en cualquier casa: horarios, tutores, aprovechar los trajes de mamá... Vistas así las cosas, don Felipe de Borbón no es más ni menos que otro español más, joven y soltero, y más reprimido, con perdón, que el resto, porque desde antes de nacer ha estado como objetivo de cámaras; porque desde que nació le han estado haciendo la lista de las futuras y posibles esposas, como si en vez de un niño, un adolescente y un joven fuera un garañón a emparentar con todas las familias reales existentes, y no para renovar sangre, sino dentro de la endogamia habitual pero nada característica de los que como él tienen el futuro bajo el peso de la corona. Ha nacido predestinado para rey por deseo familiar de que la dinastía se prolongue por línea masculina. Y no hay más que hablar. El Príncipe de Asturias reinará en España a su debido tiempo y en el interludio se casará, o no, dará herederos a la Corona, o no. Porque no tiene obligación de casarse, como tampoco la tiene de un matrimonio concertado al estilo de sus ancestros, ni de establecer bastardías. Puede, quizás, y sería triste, sacrificar el corazón a las razones de Estado, pero eso es más que decimonónico. Sea lo que sea, él debe decidir. La paradoja es que, después de haber sido educado como príncipe que ha de ser rey, pueda perder ese puesto de trabajo si el Rey, su padre, y las Cortes, no autorizan su enlace con la mujer que sea objeto de sus amores.