QUE NO VUELVAN A ABRIR

La Voz

OPINIÓN

ANTÓN LOSADA

27 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Vaya por delante la comprensión hacia quienes están defendiendo su puesto de trabajo y el respeto hacia la historia de solidaridad marinera que representan las cofradías de pescadores. Fueron una manera autoritaria y paternalista de protección social y laboral, pero eso era entonces mejor que aquel olvido eterno y doloroso que sufrían las gentes del mar. Ahora los tiempos han cambiado. Esa presunta función social ya no tiene lugar ni razón de ser en una idea de estado del bienestar basado en el ciudadano, no en los gremios. Tampoco encajan como partes de una administración pública regida por criterios de eficacia y eficiencia y orientada hacia el cliente como sujeto y referente de gestión, mucho menos aún con el enorme déficit de control democrático sobre el funcionamiento de la mayoría de las cofradías. El Libro Blanco de las Cofradías, elaborado por Arthur Andersen en 1994, traza con escalofriante precisión el retrato de unas organizaciones mayoritariamente instaladas en el caos contable y laboral, gestionadas desde la más pura discrecionalidad personal de patrones y secretarios pegados al sillón como lapas y más ocupadas en abortar cualquier intento de autoorganización y autogestión que en impulsarlos y ayudar a su desarrollo y consolidación; un boicot sistemático del que pueden dar buena fe muchos y buenos gerentes de frustradas organizaciones de productores que encontraron en su propia casa a su peor enemigo. Alguien tienen que ocuparse de regular el acceso y gestión de los bienes públicos. Pero han de ser la Administración y organizaciones profesionales sometidas al control democrático de sus miembros, gestionadas con criterios de rentabilidad económica y social. No viejos dinosaurios supervivientes al fin del corporativismo autoritario, demasiado lentos y pesados para un mundo que ni entienden ni pueden entender. Empresas Según sus defensores, aun aceptando su déficit de control y gestión y dados los indudables avances de muchas cofradías en la mejora y saneamiento de sus hábitos, todavía les quedaría un espacio para resultar instrumentos útiles en la pesca profesionalizada y competitiva del siglo XXI: convertirse en entidades de gestión, capaces de proveer servicios a sus socios, ahorrar costes, favorecer economías de escala o gestionar la comercialización masiva. Pero esas organizaciones ya están inventadas hace mucho tiempo y funcionando en todo el mundo con notable éxito de crítica y público: se llaman empresas. Si el futuro de las cofradías es funcionar como empresas, entonces carecen de futuro. Mantenerlas sólo sirve para complicarnos la vida con sus procedimientos obsoletos, su burocracia, su tradición de descontrol y caciquismo y las cada año más abultadas facturas de dineros y recursos públicos transferidos desde las administraciones para subvencionar su incapacidad para sobrevivir por sus propios medios. Volver a apagar el fuego con subvenciones, sería un error histórico, otro más. Si no son empresas, entonces ¿para qué sirven? Lo mejor es que no vuelvan a abrir. Que el sector aproveche la oportunidad y cree y gestione las empresas que le den autonomía y capacidad de organización y gestión. Esas mismas que le sirvan de algo cuando realmente las necesite.