MANUEL ALCÁNTARA
24 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«Vino, siempre vino. Siempre bebo vino. Ya lo has visto». Así hablaba el Empédocles de rostro lamentable y sabio de Las ninfas, el libro de Paco Umbral que hoy está en los kioscos, del mismo modo que su autor está en el Parnaso de los prosistas y don Miguel de Cervantes le ha pedido que le tutee. Un creador incesante, este Francesillo, tan atrabiliario y tan leal para sus amigos. Es verdad que el tío es una biblioteca y una insignia. En su honor y a su salud contradictoria he abierto una botella de inteligente vino y brindo por él mientras escribo de aquellos tres mosqueteros de los fondos reservados que descubrieron, sin la menor reserva, que el cajón no tenía fondo. La moviola de la vida nacional hace que el pasado vuelva y se convierta en pura actualidad: Barrionuevo, Vera y Corcuera serán juzgados en septiembre, junto a otros ex altos cargos de Interior. En el banquillo va a haber overbooking, pero la plusmarca va a ser de testigos: nada menos que 66 han sido citados, lo que demuestra lo difícil que es guardar un secreto. Si se tiene un secreto hay que contárselo al eco, que sólo lo repetirá tres veces. Azaña propuso una fórmula infalible: «En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro». Ni Barrionuevo, ni Vera, ni Corcuera lo escribieron pero según el fiscal se repartieron 900 millones en sobresueldos. No parece demasiado si se tiene en cuenta que manejaron 16.300 millones para atender gastos «derivados de la lucha antiterrorista». Podría asegurarse la dotación del Cervantes para un par de siglos. Incluso podría comprarse una bodega para que todos brindáramos por Paco Umbral, o sea por Larra, que decidió volver, como vuelve siempre la vida nacional. Lo que no regresa nunca es el dinero desaparecido. Su paradero sí que es un secreto bien guardado. Sólo si Paco se metiera a detective podría saberse algo, pero no. Está escribiendo. Sin quitarse la medalla está escribiendo.