ENRIQUE CURIEL
19 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Me hubiera gustado que José Bono hubiera escuchado la conferencia que hace escasos días pronunció Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los miembros de la Ponencia Constitucional, en la Universidad Complutense. Afirmó que el éxito de la Transición y, por consiguiente, de la Constitución de 1978, se apoyaba en tres grandes pactos. Uno, el pacto entre la Monarquía y la democracia al aceptarse mutuamente. Dos, el pacto socioeconómico entre la derecha y la izquierda en lo relativo al mercado y a su regulación. Y tres, el pacto territorial sobre la base de una nueva idea de España que reconociese su pluralismo, diversidad y el reconocimiento al autogobierno de las «nacionalidades y regiones». Y defendía Miguel Herrero, y yo lo comparto, que superado el intento de la Loapa tras el 23-F, para recortar y reducir el desarrollo del Título VIII de la Constitución, hoy asistimos a un nuevo deseo reduccionista desde el Partido Popular. Han dicho en varias ocasiones Aznar, Mayor Oreja y Martín Villa, que los nacionalismos disfrutaron de un plus político durante la Transición que no merecían y que, ahora, es preciso revisar. Es lo que se ha llamado la segunda transición. Leyes como las de Estabilidad Financiera de las comunidades autónomas o la anunciada y no conocida de Coordinación Autonómica, caminan en esa dirección. Con independencia de la especificidad del conflicto vasco, distorsionado por la violencia, caben pocas dudas de que se acercan también malos tiempos para los nacionalismos catalán y gallego. Y lo grave es que si se acentúa una espiral de conflicto entre Madrid y una buena parte de las comunidades autónomas, lo que está en peligro es el consenso constitucional. Maragall sigue pidiendo una inaplazable reforma del Senado, obturada desde el Ejecutivo, como paso ineludible para la adecuación a la realidad territorial, como es el caso del Bundesrat alemán. Así que, querido Bono, a no ser que desde la izquierda aceptemos las ideas de la segunda transición, veo muy difícil que nos situemos en el mismo campo que Aznar. A menos que -lo cual no es imposible- en el ámbito de la propia izquierda española, plural y diversa, no exista claridad para saber por dónde tenemos que tirar en el la nueva etapa de desarrollo del Estado Autonómico. Si existe deriva nacionalista, tanto españolista como catalana, vasca o gallega, tengo para mí que alguien tiró una piedra al estanque sin prever sus consecuencias.