XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
15 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El día de Jueves Santo estuve en Lorca, paseando sus calles atestadas de vecinos y curiosos, y tomándole la medida a esa sociedad multirracial que aquí, en Galicia, no pasa de ser un comentario de periódico. Magrebíes, negros y mestizos se mezclan aquí con una variada gama de europeos que -nacidos en Upsala o Lisboa- vienen a la ciudad a trabajar o a ver el impresionante auto sacramental que desfila por sus avenidas en cada Semana Santa. Y allí se me ocurrió este artículo. Porque si es hermoso contemplar la prodigiosa mezcla que se degrana desde la alcazaba árabe hasta las iglesias de la llanura -pasando por los restos fenicios, cartagineses y romanos, y resuelto todo en una ciudad ecléctica y compleja como pocas- más llamativo resulta ver como, para contextualizar la procesión del Paso Blanco y del Paso Azul, que dividen en dos bandos deliciosamente enfrentados a los cristianos de Lorca, hacen desfilar por sus calles a medio mundo: egipcios, sirios, romanos, griegos, nubios y judíos, además de árabes y cristianos. Y así se explica que la vieja ciudad murciana se vuelque en su desfile. Porque, quizá sin saberlo, representan en él su propio ser, mientras demuestran con toda sencillez por qué son lo que son y creen lo que creen. Para un dogmático -religioso o laico- aquella ciudad debe ser algo parecido a Babel, donde, además de confundirse las lenguas y las ideas, se confunden también los credos y las escalas de valores. Pero para la gente corriente -que se pasa la tarde en la aceras, animando a sus cuadrillas y pregonando la fiesta- todo aquello se reduce a la obviedad de una historia forjada a trancas y barrancas en esa diversidad que exhiben con tanta maestría. No pude adivinar qué pensaban los inmigrantes recién llegados, que se apostaban por primera vez en las aceras de Lorca. Pero tuve ganas de decirles que allí estaba su explicación y su futuro, y que todos aquellos personajes, que parecían nuestros de toda la vida, no eran más que ellos mismos, que regresan de nuevo a la historia de Europa. Sólo faltó, para mi gusto, insistir un poco más en que era Jueves Santo, día del amor fraterno, y darle más voz al judío revoltoso y ajusticiado que sigue pregonando la posibilidad de una síntesis pacífica, sin espadas ni cimitarras. Porque era un día para sentirnos hermanos de corazón, sin esperar a que la historia nos hermane, otra vez, por la fuerza de los hechos.