MAÑANA, ANIVERSARIO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ALFONSO DE LA VEGA
12 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Son muchos los argumentos que avalan la crítica de la monarquía como forma de gobierno. Como es sabido, para el pensamiento ilustrado revolucionario, la monarquía no es más que una superstición, un menosprecio de la Razón en su papel de guía de la humanidad en el devenir de la historia. Lo que suele ser menos conocido, al menos en los países de cultura católica, es que la propia Biblia advierte a los hebreos del grave peligro de tener un rey. Se trata del Libro Primero de Samuel, especialmente en su capítulo octavo. Los hebreos piden a Samuel que nombre un rey para gobernarlos. Dios se apiada de su pueblo elegido y trata de explicarle a través de Samuel las calamidades que, gracias a su omnisciencia e infinita sabiduría, contempla que van a sufrir bajo la monarquía cuando sus derechos sean avasallados por el derecho real, describiendo un futuro despótico y siniestro. Sin embargo, el pueblo no atiende a razones e insiste y Dios accede: tendrán rey ya que lo quieren. Se elige a Saúl quien se convierte en un tirano. El resultado es tan malo que incluso Dios se arrepiente de haber hecho a Saúl rey de Israel (1 Samuel, 15, 35). Hasta aquí la palabra de Dios en la Biblia. Quevedo Nuestro ingenioso caballero Don Francisco de Quevedo se pregunta: «¿Tan gran delito fue pedir Rey que mereció no sólo que se lo diesen, sino también que no lo quitasen cuando padeciesen con lágrimas el derecho que les predijo?». La pregunta quizás no tenga una única respuesta, pues acaso los reyes puedan excepcionalmente vencer sus malas inclinaciones, no siendo un mal que destruya la felicidad de sus súbditos. Desocupado lector, pensarás, sin duda, que es políticamente incorrecto y constituye grande atrevimiento, recordar en la España pos-moderna del siglo XXI algo tan alejado del vulgar ditirambo alabancioso, como los textos arqueológicos anteriores, pero toda sinrazón le sea permitida a un caballero encantado que, como el pobre licenciado Vidriera, comprende que «no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear».