FRANCISCO VÁZQUEZ
04 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Con el título de Enemigo a las puertas se estrena estos días una película que trata sobre la más famosa de las grandes batallas de la II Guerra Mundial. Dice la publicidad que se trata de la más cara de las producciones europeas hasta la fecha, esfuerzo comprensible al intentar recrear la batalla que se considera como de las más sangrientas de la historia y que marcó el comienzo del declive de los ejércitos alemanes. A las orillas del río Volga, en el sur de Rusia, se halla la ciudad de Volgogrado, importante centro industrial y gran puerto fluvial. Durante el régimen comunista se le cambió su nombre por el de Stalingrado, en honor del dictador Stalin, que la había liberado de los contrarrevolucionarios. Bajo este nombre de Stalingrado pasaría a la historia por ser el escenario de la batalla que en sus calles libraron alemanes y rusos, desde agosto de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943, fecha de la rendición de los ejércitos alemanes, que habían quedado rodeados en una inmensa bolsa desde el 19 de noviembre de 1942. La ciudad de Stalingrado era el último obstáculo de los alemanes en el sur de Rusia, en su camino hacia las inmensas llanuras de las estepas de Kazajstan y las orillas del mar Caspio. Sus rápidas divisiones blindadas de superarla podrían irrumpir en el Asia central y amenazar desde el norte a Irak, Persia y todo el Oriente Medio con sus enormes recursos petrolíferos. En 1941 Hitler había invadido sin previa declaración de guerra a la URSS. Sus tropas iniciaron un triple avance: por el norte hacia la ciudad de Leningrado, hoy San Petersburgo; por el centro hacia Moscú, la gran capital que inexplicablemente, por errores en las previsiones de suministros, no llegaron a tomar a pesar de situarse a unos pocos kilómetros del propio Kremlin. Por el sur, la Wehrmacht, ejército de tierra alemán, avanzó sin pausa a través de Ucrania, contando en algunos casos con el apoyo de la población local muy castigada por los comunistas. Su objetivo final era llegar al río Volga, frontera natural entre Europa y Asia. Stalingrado era la meta. Además su nombre encerraba un factor psicológico, al que Goebbels, ministro de Propaganda del Reich pensaba sacarle un gran rendimiento para levantar la moral de las tropas y del pueblo alemán. Con lo que no contó el Estado Mayor alemán, es que también para los rusos, Stalingrado tenía, además de su valor estratégico, una gran importancia política, máxime después de dos años de retiradas y derrotas continuadas. Los rusos habían trasladado más allá de los montes Urales todas sus grandes plantas de fabricación de armamento ligero y pesado. Pacientemente pusieron en servicio su inmensa maquinaria de guerra. Sus tanques T-34 tenían un blindaje infranqueable para la munición alemana. Sus lanzacohetes Katusha eran dignos herederos de la gran tradición artillera rusa. Sus reservas de hombres, con tropas provinientes de la lejana Siberia, eran superiores en una proporción de 4 a 1. Con todos estos elementos, Stalin encomendó a su mejor general, el mariscal Zhúkov, primero resistir y después derrotar a los alemanes en Stalingrado. Hitler, desconfiando siempre de sus generales y buscando más la lealtad ciega que la profesionalidad, dio el mando de su VI Ejército al mariscal Von Paulus, un hábil estratega de estado mayor, pero dotado de un carácter débil para tomar decisiones por cuenta propia. Con estos antecedentes se libró la batalla de Stalingrado. Los rusos pusieron en marcha un ataque por sorpresa, el Plan Urano, con la finalidad de rodear a los alemanes y a sus aliados rumanos, italianos, croatas y rusos blancos formando un gran cerco que aisló a los 250.000 soldados del Reich. Se luchó calle por calle, casa por casa, sótano por sótano. No hubo cuartel. En el invierno las temperaturas llegaron a bajar de los 30 grados bajo cero. Los mandos rusos fusilaron a 15.000 de sus soldados para impedir que retrocedieran o abandonaran sus líneas del frente. El control político de la ciudad le fue encomendado a quien luego sería el sucesor de Stalin, Nikita Krushev, que acuñó el término de guerra patriótica. La película se centra en los franco-tiradores, que fueron las auténticas estrellas del conflicto. Alguno de ellos mató con su rifle de mira telescópica a más de 224 alemanes. Sus resultados eran sobre todo psicológicos, desmoralizando al enemigo, que se veía imposibilitado de moverse, temeroso de ser alcanzado por un disparo. Algunos de ellos, Zaitsev, Chekov, Zikan o Kovhasa, recibieron el título de Héroes de la Unión Soviética. Las atrocidades por ambos lados fueron tremendas. Se quemaron vivos a los heridos, se empapaba desnudos en agua a los prisioneros para que murieran congelados. Milagrosamente unos 9.796 civiles, de los cuales 994 eran niños, sobrevivieron en la ciudad durante la batalla. Se calcula que los rusos, entre muertos, heridos y desaparecidos, tuvieron 740.000 bajas. De los 250.000 alemanes, fueron capturados unas 110.000, de los cuales tan sólo 6.000 volvieron de su cautiverio. Stalin capturó más de 24 generales alemanes y derrotó a 17 batallones, 15 divisiones de infantería y 6 divisiones blindadas, lo que determinó el fin de la supremacía nazi en los campos de batalla. Este es brevemente el escenario histórico de la película.