El Supremo rechaza anular la condena al ex fiscal general del Estado
MANUEL ALCÁNTARA
03 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Llevo un par de días en la villa y corte y veo muy preocupados a los cortesanos por culpa de cosas que, vistas a distancia, importan menos. Los místicos aconsejaban perder cuidado o bien dejarlo «entre las azucenas olvidado». Los epicúreos proponían la impavidez ante el azar. Cualquiera de las dos recetas es válida para conseguir esa aproximación a la felicidad que estriba en no amargarse la vida. Hay que partir de una buena salud, que según Schopenhauer es el ochenta por ciento de la felicidad. Mi filósofo favorito ha sido siempre don Arturo, con la única excepción de don Luis Aragonés. En mi opinión, llegó más lejos que nadie en el estudio del arte del buen vivir, que no debe ser confundido con el arte de vivir bien. Veo a mis amigos más queridos preocupados por cosas que a mí jamás podrán desvelarme. Unos piden una futura reina «profesional», como la madre del Príncipe, y no una experta en la exhibición de lencería fina. (Don Antonio Machado dijo que nadie elige su amor). A otros les da igual, más o menos. Mi generación, la misma que la de mis amigos que ahora se inquietan por el porvenir de la Corona, no es monárquica, pero curiosamente sabe valorar a don Juan Carlos. Así como hay pescadores que no creen en Dios, pero están convencidos de que la Virgen del Carmen es su madre, muchos españoles son republicanos y dicen ¡viva el Rey! ¿Por qué están tan pendientes de la opción amorosa de su hijo? Muchas veces el amor aparece en forma de catástrofe. Por eso Borges aconsejaba, cuando se le veía venir, una de dos: huir o esconderse. También hay otras dos fórmulas: no esconderse, ni huir.