REFORMAR LA LEY ELECTORAL: EL VOTO EMIGRANTE XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
11 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Lo que antes parecía una obsesión del Partido Popular, que siempre se distinguió por su trabajo y valoración del voto emigrante, se ha convertido en los últimos años en una preocupación generalizada, que el PSOE y el BNG empiezan a atender con evidente desventaja. Claro que no se trata de una cuestión exclusivamente gallega. Pero es aquí donde el problema adquiere mayor relieve, debido a la confluencia de tres elementos singulares: la importancia de los contingentes emigratorios, que les permite terciar en los resultados; la peculiar forma de organización de los gallegos de América, que aumenta la eficacia de los procesos de captación y orientación del voto; y la sorprendente inclinación conservadora de los votos emitidos en América del Sur, que resuelve a favor del PP todas las dudas de atribución del último escaño de cada circunscripción. En tales circunstancias, existe un terreno muy abonado para deslizar en la opinión pública la idea de que la reforma electoral auspiciada por el PP está teñida de caciquismo, como si sus previsibles efectos fuesen separables de la muy loable intención de modernizar el voto de los españoles ausentes y facilitar el ejercicio de sus responsabilidades democráticas. Y por eso se olvida que estamos ante una inmejorable oportunidad de erradicar los aspectos indeseables del actual modelo electoral. Lejos de cualquier sentimentalismo turbio, la solución del problema pasa por una creciente equiparación del voto que se emite fuera con aquel que nace dentro, haciendo que se computen al mismo tiempo, evitando su tratamiento diferenciado, y librándolo de una intermediación espuria que hoy, en medio de un fárrago burocrático complejo, resulta imprescindible. Y eso ya es posible si superamos los complejos y apostamos por un voto electrónico que, libre de gregarismos espurios, se emite en cualquier lugar, con comodidad y plenas garantías. Complemento necesario de esta reforma serían algunas disposiciones tendentes a ordenar las campañas electorales en el extranjero, para evitar que el uso de recursos institucionales suponga una insalvable diferencia entre los partidos que afrontan los comicios desde el Gobierno y los que lo hacen en la oposición. Puestos en el siglo XXI, el voto emigrante es una antigualla difícil de reformar. Salvo que trabajemos en una dirección que haga imposible distinguir el sufragio que se emite en Buenos Aires del que nace en Forcarei.