REFORMAR LA LEY ELECTORAL: EL VOTO EMIGRANTE ENRIQUE CURIEL
11 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Fraga descarta, por razones de calendario, la modificación de la Loreg, o ley electoral general, antes de las elecciones anunciadas en el País Vasco y en Galicia para facilitar la participación de los emigrantes o residentes españoles en el extranjero. Sin embargo, el objetivo que se pretende es loable en la medida en que la participación electoral de los ciudadanos es una condición necesaria para la legitimación democrática del sistema político. Aunque no debemos medir la solidez de la democracia en función del grado de participación electoral, es evidente que el compromiso político de los ciudadanos se renueva y robustece también a través de las urnas. Fraga quiere facilitar el voto de los emigrantes. Nada que objetar, aunque su iniciativa no sea neutral. Los datos que facilitan los sondeos sitúan a Fraga, por primera vez, en el filo de la navaja de la imprescindible mayoría absoluta para gobernar. Por ello, la caza del voto se convertirá en una batalla sin cuartel por parte de todos. Y el PP confía en que el descenso previsible de sus votos entre los jóvenes de los núcleos urbanos importantes se compense con el voto de la emigración. Alternativamente, lanzan globos sonda para intentar aprovechar el panorama vasco y sugerir en Galicia un pacto contra Beiras que, en el caso del PSdeG, se convertiría en un pacto contra la historia. Desde la restauración de la democracia se han mejorado sensiblemente los mecanismos de participación de los emigrantes, garantizando, al tiempo, la limpieza del sufragio. Tras la elecciones generales de 1993, se constituyó en el Congreso una comisión especial para actualizar y proponer al Gobierno las modificaciones oportunas de la ley. Se logró un consenso razonable que debe posibilitar nuevos cambios. Los avances tecnológicos nos permitirán modificaciones utilizando el voto electrónico que se está imponiendo con gran velocidad. En todo caso, la evolución de la participación electoral en los comicios autonómicos en Galicia es positiva. Es verdad que partíamos de unos datos preocupantes. En 1983, la abstención alcanzó el 54,02%, la más alta de todas las comunidades autónomas. La abstención decreció en 1987 y en 1991, hasta situarse en el 40,49%, al tiempo que la media en el resto de las comunidades aumentaba hasta el 38,9%. Tras esa fecha, se ha ido equiparando la participación de los gallegos en las elecciones autonómicas y las generales, lo que es una noticia esperanzadora.