OSTRAS

La Voz

OPINIÓN

CARLOS GARCÍA BAYÓN MERIDIANO DE ACTUALIDAD

08 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Simone de Beauvoir nos cuenta en La ceremonia de los adioses, con más disección sangrienta que biografía, que Sartre en las etapas finales andaba soñando con negritas eróticas al tiempo que se hacía pis en la cama. El cuerpo es un traidor. Ahora están los bolandistas y fariseos, y más aún los escoliastas, mientras se conmemora no sé qué efemérides de Jean Paul, acusándolo de traidor. ¿A quién traicionó: a su pueblo, a sus ideas, a su existencia, a Simone? En el 68, en cambio, hasta cuando se subía a los bidones o a las barricadas de adoquines de La Sorbona, era un Ángel Justiciero. Comprara una flauta como Bartolo y la tocaba por la plaza de la Concordia, por los Campos Elíseos, para que el personal se comprometiese... Los que de aquella se comprometieron hace ya mucho tiempo que se han descomprometido, empezando por Sartre. ¡Vaya coña la de que el hombre es una pasión inútil! Y eso que Sartre venía de una familia de músicos. Pero Sartre desde los tres años ya era su propia contradicción. «¡Yo soy una náusea!», gritaba. Los libros fueron su única referencia. Escribe Sartre en Las palabras: «Me enseñaron la historia sagrada, el Evangelio, el catecismo, sin darme medios para creer». Sartre fue un hombre que no logró creer. Esa fue su traición. También es la nuestra, desgraciadamente. No sabemos, no podemos creer. Es inútil que levanten dioses y dioses, serafines, querubines y tronos a nuestra orilla, que nos los metan en el duodeno, en el código genético. Acabaremos como las ostras, hermafroditas, encerrados en unas valvas, sudando mocos, masticando plancton y petróleo...