MONTSE CARNEIRO
07 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Yo no sé si está bien o está mal celebrar el Día de la Mujer Trabajadora, pero todos sabemos que se celebra de mala manera. En el Día del Orgullo Gay, por ejemplo, los maricas lo pasan de traca. Se visten, se arreglan, miran al mundo a los ojos y le dicen: ¡Que te coma Ramón, ahí te quedas! Lo hacen maravilloso, casi que una quisiera ser gay, pero nosotras... Nos mortificamos. No sabemos celebrarlo. Nos puede el cabreo, el rencor, la rabia de nacer pidiendo justicia, el recuerdo de la hija bantú, de la madre afgana, nos puede la cara de funeral que les sale a las mujeres públicas cuando leen sus manifiestos, las machaconas alusiones del compañero al culo de la secretaria. Yo no sé si hay más razones para el enfado o para la alegría, pero quiero la segunda. Es creadora. ¿Y no se trata de eso? ¿De inventar trucos para gobernar la propia vida? ¿O preferimos ponerla en manos ajenas? Quien crea en el individuo no esperará a que el poder judicial le resuelva su batalla con el otro sexo, sobre todo si es libre. Y muchas lo somos. ¿Entonces? ¿Seguiremos usando a las mujeres maltratadas como pantalla de nuestras miserias? ¿Va a ser cierto lo de la paja en el ojo ajeno? Los hombres... Llegará un día que también dirán, como Ricardo Reis, «vem sentar-te comigo Lídia, à beira do río, sossegadamente fitemos o seu curso e aprendamos...». Aunque sea tarde, aunque seamos viejos.