EL ICEBERG «LA CABALLÉ»

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

03 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Se imaginan que, por ser mujer, se prohibiera a Julia Roberts entrar en la Academia de Cine americana? ¿O que, por lo mismo, se impidiera a Arantxa Sánchez ingresar en el Comité Olímpico Español? No; como ustedes son, seguro, gente, aunque imaginativa, inteligente, no alcanzan siquiera a suponer que esos despropósitos pudieran llegar a suceder. ¡Pues se equivocan! Esos, y otros muchos del estilo. Por ejemplo, el consistente en vetar la entrada en el círculo del templo de la lírica española, el Liceo catalán, a nuestra más brillante primadonna. La decisión de rechazar la entrada en el tal círculo -vicioso, por lo visto- a doña Montserrat Caballé y otras mujeres denigra de tal modo a quienes han tenido la desvergüenza de asumirla como propia, que abochorna incluso tener que criticarla. Pero esa crítica ha de hacerse porque, al igual que un iceberg -las superficies emergidas de las moles de hielo que se esconden bajo el mar-, el caso Caballé es expresión de una mentalidad que tiene, por desgracia, traducciones menos llamativas, pero mucho más dramáticas. Este periódico colocaba anteayer en su portada la noticia de que, en iguales condiciones de trabajo, las mujeres cobran en Galicia un 30% menos que los hombres. ¿Un 30% menos? Pero, ¿es posible? Lo es. Y el que lo sea constituye un escándalo mayúsculo que demuestra lo difícil que resulta embridar como es debido a quienes, amparándose en una supuesta libertad de mercado, practican en realidad, contra la ley, una libertad de mercachifles. Sucede así que muchos de los miembros de una clase empresarial dispuesta siempre a criticar la ineficiencia del Estado y a defender la superioridad inigualable de los métodos privados de gestión sobre las prácticas de gestión del sector público, son también los que, con total tranquilidad, consideran la cosa más normal que una empleada de su empresa cobre, en paridad de condiciones, menos de lo que cobra un empleado. Y todo por el hecho sencillísimo de que uno es un hombre y otra una mujer. Hace mucho, sin embargo, que ese Estado al parecer tan ineficaz y tan caótico paga igual a las mujeres que a los hombres. Y hace mucho que todos hemos concluido que sería intolerable que en un Ayuntamiento o en la Xunta aconteciera lo que, paradójicamente, hemos terminado por aceptar como una lacra inevitable en el mundo de la empresa: que nuestras hijas sean tratadas peor que nuestros hijos.