NARCOTRÁFICO: JUSTICIA O VENGANZA VENTURA PÉREZ MARIÑO
02 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando estos días se daba cuenta en los medios de comunicación de la muerte en accidente de Esther Lago se podía casi oír/ver entre líneas una especie de satisfacción inconfesada por el fallecimiento. Y realmente no deja de ser comprensible que una mujer -y su marido- en los que se ha simbolizado la figura del narcotraficante, no despierte ningún sentimiento de ternura o compasión. Es más, resulta éticamente aceptable que su muerte haya producido en muchos alegría o indiferencia, sobre todo en aquéllos que han sufrido de cerca los devastadores efectos de la droga. La represión de los estupefacientes se ha encauzado en los últimos años desde tres perspectivas: la policial-judicial, con una finalidad represiva; la institucional, en aras sobre todo a la prevención; y la social, ésta sí novedosa, consistente en una toma de postura militante, organizada y sin organizar, contra la droga y sus operadores. Desde esta última perspectiva han surgido diversas asociaciones que gozan de amplio reconocimiento cívico y, además de otros muchos logros, hacen la vida difícil a los narcotraficantes y sus entornos. Sus iniciativas y argumentos han sido fructíferos en orden a la persecución y concienciación del problema. Sin embargo, lo ocurrido hace un par de días, con ocasión del entierro de la esposa de Laureano Oubiña, nos ha regresado en el túnel de los tiempos. El intento de lapidación y de (in)Justicia popular por parte de familiares de drogadictos, algunos muertos, se extendió el pasado jueves por Vilagarcía al son de agresiones e insultos. No es la primera vez que ocurre, y El Ejido -la caza del moro acusado genéricamente- es un recuerdo reciente. Han querido hacer lo que Creonte con Polinices en La Antígona de Sófocles, cuando decreta que permanezca sin sepultura víctima de la intemperie y de las bestias. Ni olvido ni perdón, pero sin olvidar que la justicia popular es en cualquier caso perversa. Laureano Oubiña y su hijastro, con independencia de cualquier otra valoración, tienen derecho a enterrar a su familiar, y hacerlo con la intimidad que crean oportuna sin ser vejados por nadie. Incidentes como los ocurridos nos devuelven a la reflexión de Sófocles sobre un pesimismo profundo en las posibilidades del hombre. Si no hubiese sido por la Fuerza Pública que tuvo que ampararlos, no con la eficacia requerida, de seguro que estaríamos lamentándolo, y los tan necesarios movimientos antidroga, por los suelos.