NO PODEMOS OLVIDARLO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

22 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Casi nada -salvo ETA- nos recuerda aquel ácido ambiente de veinte años atrás. Nadie -salvo ETA- cree ya en la virtud de las armas. Y ningún ciudadano -salvo las víctimas reales y potenciales de ETA- siente el acoso de unos salvadores voluntarios que nos piden a cambio el precio enorme de nuestra libertad. Pero hay que recordarlo. Por nosotros, que queremos vivir en paz; y por José Angel Santos y Josu Leonet, que se han convertido en la última demostración de que todas la violencias se tocan y todos los pistoleros se parecen. Aún conservo los periódicos del día 24 de febrero de 1981, cuando el golpe del 23-F tomaba las trazas de una pesadilla irrepetible. Y por eso pude repasar aquellos textos e imágenes, exhumados de la más negra historia de España, hasta sentir el horrible escalofrío que estuvo a punto de amargarnos la fiesta de la transición y el sueño hermoso de la libertad. Con la Constitución en pañales, más atentos a la euforia de lo nuevo que a las exigencias de una democracia abierta y participativa, muchos españoles tardarían varios años en medir la trascendencia de aquel ataque a su dignidad política y humana. Y sólo ahora, cuando todo empieza a coger el color amarillento de lo irreal, empezamos a tener conciencia de las muchas cosas que estuvieron sobre el alero, cuando una caterva de iluminados cedió a la tentación de salvar a España a base de fusilamientos, cadenas, uniformes y órdenes inapelables. En lo que a mí se refiere, la cobarde actitud de Tejero, la salida de los tanques a las calles de Valencia, la ambigüedad de numerosos militares y civiles, y las risitas asquerosas de algunos políticos que tenían más esperanzas en las balas que en los votos, fueron seguidas con la cercana experiencia de la cárcel franquista, en la que me había perdido durante cinco días sin que nadie -ley o persona- echase en falta a un ciudadano libre. Y por eso confieso la angustia de quien tuvo la sensación de estar destinado a uno de los estadios que, imitando a Pinochet, iban a servir de taller modelador de la nueva España que querían construir. Veinte años después, la foto de Tejero en la tribuna del Congreso, humillando la libertad de una nación entera, es una inmensa lección que nadie debería olvidar. Porque, más allá de sus connotaciones expresivas, que son muchas, resume también la irracionalidad, la impotencia y el absurdo que supone el tener más fe en el terror que en la libertad de las personas.