ENRIQUE CURIEL
21 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El 13 de mayo los ciudadanos vascos deberán adoptar en las urnas la decisión más trascendente de la reciente historia democrática de Euskadi. Ninguna de las anteriores convocatorias electorales, ni siquiera la que fue acompañada por la tregua de ETA en 1998, tendrá la repercusión de ésta. La espiral de tensión a la que asistimos entre el mundo nacionalista y el no nacionalista, el choque de trenes político, carece de precedentes desde el inicio de la transición. Y éstas elecciones no pueden convertirse en un duelo al sol entre Mayor Oreja, Redondo e Iturgaiz por un lado, e Ibarretxe, Arzalluz y Garaicoetxea, por otro, mientras ETA, Otegi y Permach, van a lo suyo, al tiempo que nos precipitamos todos hacia el abismo. Lo que habíamos logrado durante la transición democrática está a punto de romperse en mil pedazos y no podemos resignarnos. Cualquiera que sea el resultado electoral del 13 de mayo, existe un imperativo democrático que vincula a todos los partidos vascos que rechazan la violencia, para que antepongan la búsqueda de la paz y el diálogo a sus legítimas aspiraciones partidarias. Y si no existe acuerdo sobre el diagnóstico de la enfermedad y la medicación correspondiente, tienen que sentarse a discutir hasta que amanezca. Y si no hay acuerdo, vuelta a empezar. Así hicimos la Constitución hace veintitrés años. Si nos hubiéramos ocupado en saber quién había sido carcelero y quién preso, no existiría nuestra Carta Magna. El último encontronazo entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal no resulta beneficioso para nadie. No deja de resultar irónico que los no creyentes comprendamos bien la actitud de una Iglesia Católica que refleja la profundidad y extensión del problema vasco. ¿Olvidamos que el actual obispo de Donostia fue requerido por Aznar como intermediario con ETA durante la tregua? ¿Alguien cree que la Conferencia Episcopal adopta la posición que conocemos sin el beneplácito del Vaticano? Todos han cometido errores. Arzalluz, confiando en ETA. Aznar, despreciando las posibilidades de la tregua preocupado por la proximidad de las elecciones generales del año 2000. Y el PSOE, desorientado y repleto de confusión. Ahora se abre una nueva etapa. Nosotros, los ciudadanos, tenemos que exigir un acuerdo para el futuro. Dejadme ser un poco ingenuo. Seremos capaces.