ROBERTO LUIS BLANCO VALDÉS
21 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.¡Era imposible! Juan José Ibarretxe ha pretendido durante los últimos seis meses gobernar contra el principio primero y esencial del parlamentarismo: el de que ningún ejecutivo puede sostenerse sin una mayoría que lo apoye. Ibarretxe dejó de tenerla el mismo día en que los diputados de Herri Batasuna decidieron abandonar el Parlamento de Vitoria. Fue así como a la ignominia de un pacto de gobierno asentado en el acuerdo secreto con una banda terrorista iba a sucederle la increíble pretensión de mantenerse en el poder contra la voluntad mayoritaria del órgano de representación del pueblo vasco. El balance final de una política que el PNV se empeñó y, contra toda evidencia, se empeña aun, en presentar como la única posible para acabar con el terror ha sido, a la postre, un auténtico fiasco: ni el terror ha cedido un palmo de terreno, ni los que lo combaten desde el nacionalismo o desde el constitucionalismo están hoy en mejores condiciones para enfrentarse a ETA y a sus compinches que cuando esta legislatura de infernal memoria se inició. La convocatoria de elecciones rompe, al fin, con una dramática parálisis que sólo estaba beneficiando a los violentos. Y abre la posibilidad de trasladar al pueblo vasco la cuestión esencial que ha dividido en estos meses a los nacionalistas no violentos y a los contitucionalistas: la de si Euskadi debe caminar o no hacia su indepedencia del resto del Estado. Después de haber oído lo que hemos oído a los dirigentes del PNV y de Eusko Alkartasuna, no sería ya de ningún modo tolerable el fraude que supondría que ambos partidos acudiesen a las elecciones del día 13 de mayo sin dejar bien claro en sus programas si defienden o no la independencia y, en caso de que sí, con qué ritmos y en cuáles condiciones. De ese modo, podrán los vascos autodeterminarse una vez más, por si no hubieran sido suficientes las muchas ocasiones en que, con todas las garantías democráticas, lo han hecho anteriormente. El PNV tiene ahora la obligación de pulsar sin disimulos la voluntad de ese pueblo que tan bien dice conocer: presentándose ante él, no como el defensor de un Estatuto del que abomina en cuanto las urnas se han cerrado, sino como el impulsor de un proceso de construcción nacional -así llamada- que debería convertir a Euskadi en un Estado independiente. Para que, como ha repetido Ibarretxe hasta el hartazgo, «los vascos puedan decidir».