XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
15 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.A pesar de su importancia objetiva, jamás escribí sobre la Ciudad de la Cultura. Y no lo hice porque, tal como están las cosas, tengo sobre ella sentimientos encontrados. Por una parte me gusta la idea, su ubicación, su centralidad y su presunta capacidad para servir de elemento vertebrador y de referencia artística y lúdica para los gallegos del siglo XXI. Pero también me aterra la posibilidad de que la ya famosa colina de Einseman acabe siendo como la pirámide de Keops: un lugar donde se entierran, para mayor gloria de sus promotores, los miles de millones que hacen falta para restaurar el patrimonio, activar la arqueología, surtir las anoréxicas bibliotecas universitarias y, sin querer ser prolijos, hacer funcionar toda la infraestructura cultural -minifundista y carísima- que hemos creado en los últimos años. Estoy aterrado, si me permiten la confesión, porque nadie me explicó de qué va, ni cómo se calcularon los recursos que necesitan su construcción y mantenimiento, ni cómo se midió la compleja demanda de servicios -real o potencial- que va a llenar de vida, segun parece, la colina de Gaiás. Y por siento perplejidad: porque, por una vez que estoy dispuesto a escribir maravillas de Fraga y Pérez Varela, ninguno de los dos parece dispuesto a romper el secretismo de una obra que, al menos en su gestión técnica y económica, empieza a desprender el peligroso olor de la improvisación. Si tuviese que apostar por algo, así de pronto, me jugaría el prestigio de esta columna a favor de la Ciudad de la Cultura, dispuesto a compensar sus ventajas con los demoledores efectos que va a tener sobre el patrimonio histórico y sobre el conjunto de la política cultural y educativa. Pero me temo que esta buena disposición no va a poder resistir los efectos de un pésimo modelo informativo que, apartándose de la racionalidad de la gestión moderna, parece empeñada en aumentar la neblina mediática que sirve para convertir las cosas ordinarias en una realidad de perfiles fantásticos. Puesta ya la primera piedra, cuando se supone que todo está medido, presupuestado, claro y definido, no es posible que sigamos hablando de eso como de un Guggenheim a la gallega, mezcla de Torre Eiffel y Partenón de Atenas. Porque lo que ahora se hace, con croquis y equipos humanos, ya está condicionando el futuro. Y nada nos asegura que no estemos acumulando chatarra cultural que puede caducar -¡ojalá me equivoque!- antes del estreno.