ENTRE TINIEBLAS / Jorge Casanova
05 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Una televisión pública y ¿democrática? Pero bueno, ¿a quién se le ha ocurrido semejante idea? Después de 25 años de postfranquismo todavía hay quien cree que las televisiones deben ser democráticas. Vaya país de ingenuos. Los niños, antes de enterarse de que los Reyes son los padres o de que los bebés no los trae la cigüeña ni el tren bala ese que va a llegar a París, ya saben que las televisiones públicas son instrumentos de poder y que, a lo más que se puede aspirar es a que la manipulación sea algo elegante. Aquí no hay nadie con las manos limpias. Como decía Pepe da Rosa, del cabo de Gata, al de Finisterre... No hay un político con las manos televisivamente limpias. Vamos a ser serios ¿Para que sirve una televisión pública? Pues para ganar las elecciones, claro; para transmitir ideología, por supuesto, del partido en el poder; y para sacar muchos, muchísimos minutos al presidente de ese Gobierno que controla esa televisión, que para algo es presidente y, cuando es investido como tal, toma posesión de la tele que va dentro del mismo paquete. Claro que se podría hacer alguna vez la prueba que nadie ha hecho. Una elección libre, sincera, coherente y justa del profesional adecuado para dirigir una televisión pública. ¿Se imaginan? Programas interesantes, informativos neutros, entretenimiento real, profesionales libres, culturas alternativas, gestión racional, pluralismo, contacto con la sociedad, imaginación... Pero, piénsenlo bien. ¿Quién necesita una televisión así, sin telebasura, sin viejas glorias cantando temas pasados de moda, sin la omnipresencia del partido en el Gobierno, sin karaokes democráticos, sin pandereta? Eso no se lo traga nadie, hombre, no nos engañemos. Y menos con la tradición que tantos años hemos tardado en asimilar. La televisión pública debe estar manipulada. Y cuánto más claramente mejor. Que luego va la gente y se acostumbra a eso de la democracia. Y no todo el monte va a ser orgasmo.