JOSÉ A. PONTE FAR
29 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Por unas páginas inéditas de Torrente Ballester, surgieron estos días suspicacias sobre la relación que hubo entre él y Cunqueiro. Las personas que los trataron, y los textos que cada uno escribió sobre el otro, aseguran que entre ellos hubo siempre una buena amistad, basada en la mutua admiración. Coincidían básicamente en su forma de entender la literatura, lo que no era más que la consecuencia de tener una idéntica visión del mundo y de la vida. Los dos llevaban dentro la admiración por las palabras, la fascinación por el relato, por los personajes imposibles y por los mundos imaginarios. El virus de la literatura lo habían incubado en su infancia gallega y mágica. Lo único que hicieron a lo largo de su vida literaria fue contar lo que habían, no sólo visto, sino, sobre todo, intuido, entre las nieblas atlánticas de su niñez. Y luego inventaron caminos y ofrecieron nuevas posibilidades a la narrativa de su época. Una narrativa encorsetada y rígida, envuelta en un uniforme externo de seriedad y trascendencia, que ellos, mucho antes que los escritores hispanoamericanos, cambiaron por otro más informal, pero más imaginativo. Con ellos y con los latinoamericanos del boom de los 60 se repitió lo de nuestros dos ríos más importantes: ellos, como el Sil, llevaban el agua; otros, como el Miño, la fama. Torrente y Cunqueiro son dos narradores en estado puro, con múltiples coincidencias, especialmente en lo referente a concederle el mismo grado de realidad a lo maravilloso y a lo cotidiano, a lo fantástico y a lo ordinario. Están inventando, sin darse cuenta, el realismo mágico, que tanto empaque le había de dar a otros. Pero, además, Cunqueiro y Torrente coincidían en su forma mágica de entender la vida, esto es, dándole importancia a las cosas que los demás consideramos menores. Eran capaces de estar hablando horas sobre cómo vestían los duendes de las carballeiras de Mondoñedo o sobre las formas más extravagantes que adquirían las nubes. Por eso eran especialistas en cuestiones curiosas. Cunqueiro, por ejemplo, sabía más que nadie de ratones. Fue capaz de hablar durante hora y media, en una conferencia pública en Barcelona, sobre un ratón que albergaba a un diablo, y todas las estrategias que desarrolló para tentar a un fraile en su celda del viejo convento. Torrente, por su parte, era especialista en loros. Y no tanto por méritos propios como por la densa información que le facilitó uno con el que habló mucho, Von Tirpitz, que además de sabio era milenario. De otro magnífico ejemplar, el loro de Gotinga, amigo de San Juan Crisóstomo y condenado a la hoguera por hereje, solía hablar con Cunqueiro, pero sólo después de que éste le contase la historia de un demonio portugués que hacía de las suyas por Salamanca.