CÉSAR ANTONIO MOLINA
11 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Siento vergüenza por las pocas veces que menciono a la música en mis escritos. ¡Soy vulgar! Conocerse a sí mismo es terrible porque a la vez se conoce la exigencia vital, y que uno no la satisface. Admiro a Wittgenstein, no sólo por su obra, sino por lo que en ella hay de partitura y de melomanía. Gran parte de sus escritos son un diálogo entre la filosofía y la música. Muchas de sus páginas deben ser oídas más que entendidas. Nunca he tratado de comprender la música como una narración o como una historia, sino como una emoción que me enfrenta a la ausencia de razón y de conocimiento. Escuchándola soy como un ciego que se inventa rostros, paisajes, luces y sombras cuya misma existencia desconoce. El Tractatus logico-philosophicus admirablemente vertido por Isidoro Reguera, lo leo de la misma manera que si escuchara una sinfonía. No melódica sino atonal. Es más Bruckner que Beethoven. A Steiner le pasaba lo mismo con El ser y el tiempo de Heidegger: «No comprendo la mínima sílaba. Y la magia está en parte en no comprender nada pero en tener un aura, un poder (tomo la palabra de Benjamin, aura)». En mi descargo debo recordar que la música era el arte por excelencia de la familia Wittgenstein. La madre, Leopoldine, tocaba el piano y el órgano mejor que cualquier otro familiar. La comunicación con sus hijos y nietos se estableció a través de este lenguaje. La familia Wittgenstein fue numerosa. He contabilizado, incluyendo a Ludwig, hasta ocho hijos. El destino de alguno de ellos fue trágico. Rudi se suicidó con veintitrés años en Berlín; y Konrad, a los cuarenta, hizo lo mismo por honor: en Italia, durante la Primera Guerra Mundial, se le sublevó su compañía y desertaron los soldados. Paul, de entre todos ellos, era quien más talento musical tuvo. Lo ejerció profesionalmente. Luchó también durante la Gran Guerra y quedó manco. Paul siguió tocando el piano con la otra mano. Para él escribieron músicos como Richard Strauss, Prokofieff o Ravel, que le compuso el Concierto para piano en la menor para la mano izquierda. Ludwig también cayó prisionero en Monte Casino, en donde tuvo tiempo para leer las Confesiones de San Agustín. Como a tantos otros miembros de esta familia judía-austríaca, de poco le valieron los sufrimientos por la patria cuando llegaron los nazis. Paul (1887) emigró a USA en donde murió en 1961. Los músicos de Ludwig Wittgenstein eran Brahms y Schumann (Robert y Clara frecuentaban el domicilio familiar), Haydn, Wagner, Schubert y, entre otros, Bruckner. De Mahler decía tener una mala opinión aunque «para hacer esta mala música se necesita un talento especial». La definición que hizo de Mozart y Beethoven es certera: «El primero creyó tanto en el cielo como en el infierno. El otro sólo creyó en el cielo y en la nada». En los diarios de los años treinta, Ludwig cuenta cómo un día soñó que sus grandes dotes de cantante le acarreaban un gran triunfo al interpretar una obra de Mendelsohn. Para el autor del Tractatus, la tarea de la Filosofía era tranquilizar el espíritu con respecto a preguntas carentes de significado. Quizás la de la música sea ayudar a recabar más preguntas.