JOSÉ A. PONTE FAR
27 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Julio Cortázar confiesa, al comienzo del relato Diario para un cuento, que le hubiese gustado ser Bioy Casares para contar bien esa historia, pues él teme no saber hacerlo. Tiene delante unos hechos reales muy atractivos, pero duda de su capacidad literaria para contarlos. Uno, en un intento de conciliar realidad y literatura, quisiera recordar hoy una historia real con ingredientes fantásticos, ocurrida aquí en Galicia hace un año, y, al hilo de ella, hacer una breve reflexión literaria. Aquí queda, pues, este apunte rápido, con envoltorio de regalo navideño. La historia: un camionero alemán, conduciendo un gran trailer, viene desde su país a buscar marisco a Cedeira. Viaje sin problemas, pero al llegar a Galicia, entre el desconcierto de las obras eternas de la autovía, la lluvia que no falta, la niebla que tampoco, y la noche profunda que lo envuelve, el joven conductor alemán se desvía, siguiendo un indicador disimulado entre unos árboles, hacia Cerdeira, aldea de la provincia de Orense. Por culpa de una «r» simple, la carretera se va estrechando, el pavimento desaparece bajo las ruedas, pero a pesar de los charcos y el barro, se adentra en la noche y en lo imposible, para acabar atascándose a la entrada de la aldea. Total, que el monstruo mecánico vino a taponar el único camino que comunicaba a la gente de allí con el resto del mundo. Al día siguiente, los tres niños lugareños no pudieron ir a la escuela, el panadero no pudo llegar al rueiro, algún nativo que trabajaba en la ciudad no pudo salir con su coche... Todo era extraordinario, y como tal fue aceptado hasta por el conductor, aunque nunca llegara a explicarse cómo fue capaz de colar por tan sinuoso camino un vehículo de aquella envergadura. Hasta aquí, el grueso de la historia, asequible para un narrador que escriba bien. Pero entre escribir bien (muchos escritores actuales lo hacen) y el escribir muy bien, hay una notable diferencia. Tanta, que esto último ya está sólo al alcance de unos pocos. Sin embargo, es sólo un sutil trecho, un ligero matiz, pero determinante para establecer esa distinción. En esta historia, por ejemplo, esa especial calidad literaria se evidenciaría en la capacidad de describir con exactitud la cara de satisfacción que se le vio, en las noticias de la TVG, a un lugareño, durante años emigrante en Alemania, mientras hablaba con el sorprendido conductor. Sus vecinos se estaban enterando, por fin, ¡de que sabía hablar alemán!, como había asegurado tantas veces en el bar, sin que se le creyese demasiado. Y, además, ese narrador debería captar la cara de asombro del conductor y la cara de loco de un can de palleiro, desconcertado y a punto de echar a correr despavorido, al ver a su dueño empeñado en hablar en una lengua sin pies ni cabeza. ¡Siempre nos acecha la literatura!