¿DISCURSO PROPIO?

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

26 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Es posible que haya algo que no le parezca mal a Anasagasti? ¿Cómo puede estar tan enfadado incluso en Navidad? ¿Será, quizás, porque vive con su madre y ésta no le deja salir en fin de año? ¿O será que no soporta su soledad, política y personal, de solterón? Anasagasti está incomodado con Francia y con España, con el Partido Socialista, el Popular y Herri Batasuna, con los que en el PNV disienten de sus tesis, y, en ocasiones, también con quienes lo dirigen. Anasagasti está tan enfadado con casi todo el mundo que, por estarlo, lo está incluso con el Rey. Y ello resulta, en verdad, auténticamente prodigioso. Prodigioso porque lo que del Rey le ha parecido ahora mal a Anasagasti es lo que ha dicho en su discurso navideño. ¡El acabose! Sí, sí, el acabose es irritarse por un discurso en el que el Rey se ha limitado a expresar, con total neutralidad, ideas que constituyen hoy en día una zona de acuerdo casi unánime entre todos los ciudadanos españoles. Tan neutral ha sido el Rey, que ha apelado a la «unidad de todas las fuerzas democráticas y la firmeza de todos en la defensa sin fisuras de nuestro Estado de Derecho». Fíjense bien: no de la Constitución en la que el PNV proclama no creer. ¡No, no! ¡Del Estado de Derecho! Es imposible, por lo tanto, mayor respeto para todas las posiciones ...salvo, claro, que uno no comparta, lo que no parece ser el caso del PNV todavía, los principios que definen un Estado de Derecho. Frente a tal neutralidad, Anasagasti ha defendido que el Rey no debería haber renunciado a «tener un discurso propio» sobre el problema terrorista, lo que demuestra dos cosas sobre todo: que Anasagasti cree que existe otro modo de combatir el terrorismo diferente al que se basa en la unidad de los demócratas y el respeto al Estado de derecho. Y que Anasagasti desconoce, en absoluto, qué papel corresponde al jefe del Estado en una monarquía democrática. Los reyes no pueden, en democracia, expresar otros discursos que los que les transmite el gabinete (es la práctica habitual en Gran Bretaña) o los que, elaborados por su Casa, representan la opinión de la inmensa mayoría del país, como ha venido sucediendo en España desde la restauración de nuestras libertades. Esas que permiten a Anasagasti criticar al jefe del Estado con una tranquilidad de la que, por desgracia, carecen actualmente sus vecinos para reprobar a los terroristas y a sus cómplices.