VENTURA PÉREZ MARIÑO
08 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.La noticia de que la Cámara Baja holandesa aprobó legalizar la eutanasia activa en determinados supuestos ha desencadenado diversas manifestaciones, en especial de responsables de partidos políticos, que han vuelto a poner de actualidad una cuestión siempre controvertida y de gran hondura moral: el ayudar a morir a alguien o el no evitar que se muera. La distinción entre eutanasia activa (colaborar con alguien en su muerte), o pasiva (la falta de puesta en funcionamiento o el abandono de medios excepcionales para mantener una vida latente) ha permitido establecer una frontera entre lo punible (hasta seis años de cárcel) y lo permitido. Pero esa frontera entre matar (eutanasia activa) y dejar morir (eutanasia pasiva) no siempre es aceptable en el ámbito moral. Así, si A, que desea heredar a su primo B, le dispara y mata, sufre un reproche jurídico y moral. Pero si A, que había acudido con su primo B a una piscina, ve como éste se cae al agua sin saber nadar y no hace nada para salvarle a pesar de tener a su alcance un salvavidas, el reproche es moral, pero el jurídico, casi inexistente. O si A, sabedor de que su primo B, enfermo de leucemia, necesita un transplante que sólo él le puede dar y se niega, estaríamos en presencia de una actitud moralmente inaceptable pero inocua jurídicamente. Es decir, entre matar y dejar morir no siempre existen diferencias en el plano de la moral, lo que pone en cuestión la virtualidad de la distinción jurídica entre eutanasia activa y pasiva. A veces la vida se pone imposible para algunos. Decía Camus que a un pueblo se le conoce por cómo trabaja, cómo ama y cómo muere. La muerte no puede ser de forma inevitable una pérdida de la dignidad para aquéllos que desean terminar la vida y no pueden hacerlo por sus propios medios. Enfermos irreversibles o terminales, con grandes sufrimientos, que expresan de forma categórica y reiterada su deseo de morir, parece que deben ser atendidos. Señalan las encuestas que un 67% de la población apoya la legalización de la eutanasia activa; dicen que cada día hay más enfermos que rechazan tratamientos que prolongan su vida de forma artificial; al parecer cada día son más los que piden la eutanasia activa. Como Ramón Sampedro, al que alguien acercó cianuro el 12 de febrero de 1988. El debate, antes o después, habrá que afrontarlo, y en él debemos comprender que lo que se pretende es despenalizar, y no imponer opiniones ideológicas.