CON LA SOMBRA A RASTRAS

La Voz

OPINIÓN

FELIPE JUARISTI

02 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Resulta difícil hacer un balance sobre lo que ha supuesto todos estos años conviviendo con una sombra que ha acabado condicionando nuestras vidas, por supuesto, y la política del país, estado, nación, o como se llame eso que no acertamos a definir. Cualquier ciudadano vasco sabe que estamos peor que nunca, y que cualquier tiempo pasado fue mejor. No porque ETA mate, -que lo ha hecho siempre desde lo de Pardiñas, primer muerto oficial- sino porque ha aumentado de manera preocupante el número de condenados a muerte. Hace poco me encontraba en un parque de Zarautz con un antiguo militante de Euskadiko Ezkerra, hoy concejal del PSE. El hombre, jardinero de oficio, ejercía su labor tranquilamente, podando unas acacias. Le acompañaba una persona, joven a primera vista y elegante. Era su escolta, su sombra. El concejal iba vestido con su mono, llevaba las manos sucias de tierra. Y su escolta llevaba un traje caro, que destacaba en el entorno. Si no fuera porque, además de triste, es trágica la situación del país, no habría en el mundo gente que tuviera más motivos para reírse, ni más personas que dieran motivos para ello. Empezando por los políticos. Pero lo cierto es que en este país, Euskadi o Euskal Herria, se mata en serio, y se muere de verdad. Y al igual que el enfermo se acostumbra poco a poco a su dolor y a su enfermedad, nosotros ni siquiera llamamos por su nombre a lo que nos duele. Lo denominamos conflicto, y todos tranquilos. Las fábricas siguen produciendo y, según todos los indicadores, la economía va bien: su crecimiento es superior al de otras comunidades. Las tiendas funcionan, y en Donostia, mi ciudad, no tienen envidia de otras europeas, incluida París; las escuelas están abiertas; los restaurantes y los bares, abarrotados. Nada que indique que estamos en guerra. Y, sin embargo, ETA declaró la guerra hace tiempo, antes de que yo tuviera uso de razón. Ha habido más de una ETA, todo hay que decirlo. Algunos de los que fueron sus impulsores (Mikel Azurmendi, por ejemplo) afirman que nunca ha habido una ETA buena. Yo, sin querer polemizar con él, que es mi amigo del alma, recuerdo los jerseys en el aire cuando el asesinato de Carrero Blanco. Creo que nos hemos equivocado todos; hemos mirado demasiadas veces hacia otro lado. Y al final hemos creado un monstruo de sombras y de tinieblas, que trata de suplantar las luces de la realidad. Y así nos va.