LAS ESPINAS DE LA ROSA

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

27 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Es lo malo de los estados de gracia: que se acaban. Y si no, que se lo digan al secretario de organización del Partido Socialista, José Blanco, que ha debido quedarse con un palmo de narices al oír los silbidos con que pitaban su actuación en el último Congreso de la Federación Socialista Madrileña. «¡Pero si soy yo!», ha debido pensar el político lucense: «¡sí, sí, yo mismo, el que triunfalmente pateaba las regiones españolas después del Congreso Federal, dispuesto a desfacer todos los entuertos y a tumbar con lanza justiciera a cualquier Don Belianís que se pusiera por delante!». Pues no... qué le vamos a hacer. Mientras dura el estado de gracia, es posible llegar, ver y vencer, sin más méritos que los que, por su victoria, se le atribuyen graciosamente al vencedor: el haber ganado, contra pronóstico, el Congreso del PSOE no es, en verdad, mérito pequeño. Pero en cuanto aquel estado maravilloso se termina, vuelven los problemas que uno, ingenuamente, creía haber solucionado. Y, al contrario de lo que le sucediera a Don Quijote, los molinos de viento toman entonces su auténtica apariencia: la de guerreros que, como todos, no están dispuestos a ceder ni un palmo de su respectivo territorio. El de los socialistas de Madrid amanece tras un auténtico fiasco: ha sido elegido secretario general un perfectísimo don nadie, muy conocido en su casa a la hora de comer, que no contaba con el apoyo inicial de la ejecutiva socialista, y que ha logrado concitar para la suya apenas el apoyo de poco más de la mitad de los delegados madrileños. No mucho mejor han ido las cosas en Bilbao, donde los socialistas vascos han dado a quien pretendía ser ya elegido candidato a lehendakari un verdadero varapalo: la ejecutiva de Redondo obtiene sólo el 51% de los votos y Rosa Díez, voz insustituible del partido, se queda fuera de la misma. ¡Esa es la dura realidad! La de una fuerza que fue capaz de solventar, de carambola, el gravísimo problema de organización y liderazgo que arrastraba desde que González decidiera hacer mutis por el foro _o desde que eso, cuando menos, pareció_, pero que se enfrenta ahora a la imperiosa necesidad de extender aquella renovación inesperada a todo lo largo y ancho del PSOE. Son las espinas del partido, con las que Rodríguez Zapatero habrá de tener muchísimo cuidado. Pues ¿quién echaría mano de una rosa que podría dejarle a uno lleno de arañazos?