BENIGNO PRADO
26 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Como cabía temer, tras el final de la tregua el nuevo pulso terrorismo-seguridad del Estado se está pudriendo en otra sangrienta sucesión de atentados bajo distintos métodos y en distintos lugares. Las supuestas desarticulaciones de comandos, la colaboración francesa vía extradiciones y los proyectos de endurecimiento de la legislación penal, son contestados con más y más acciones violentas. Incluso alimentan la «lógica antirrepresiva» de los etarras. La aplicación del cumplimiento íntegro de las penas, la equiparación de la kale borroka al terrorismo y la prisión para los menores de edad serán instantáneamente utilizados como argumentos «contra el Estado Español opresor» por parte de los facciosos _no fascistas. ¿Quiere decir esto que debe cesar la iniciativa policial y judicial? Por supuesto que no, pero sólo si de una manera simultánea se desencadena una sutil iniciativa política. ¿Acaso una victoria del Partido Popular en las próximas elecciones vascas o un Gobierno de coalición popular-socialista mejoraría la situación? ¿No la empeoraría? Si los políticos de altos vuelos, algún necesario aunque improbable estadista, apostasen por la esukaldización pacífica, la cuestión vasca se circunscribiría precisamente a una cuestión vasca. Esa vía pasa por reformas constitucionales, lo cual no significaría «traicionar la Constitución», sino adaptarla a realidades subyacentes cuyo reconocimiento era imposible «entonces», es decir, en aquel mortal laberinto de la Transición. Ser celosos guardianes del Estado de Derecho no es sacralizar una Constitución accidental, sino acatar el principio constitucional desde criterios sincrónicos. Es preciso encontrar la fórmula idónea para devolverle _puesta al día_, al Estado su forma natural, artificialmente deformada en los siglos del XVIII al XX.