JESÚS NAYA
22 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Debía de ser la primera vez que acudía a A Coruña como ministro de Sanidad, hace cerca de 18 años. Constantino Cabanas, un compañero de Radio Nacional de España, aguardaba impaciente, como el resto de periodistas, la llegada de Lluch. Pero su urgencia era mayor que la nuestra porque a esa hora, pasado el mediodía, entraba en directo para un programa informativo regional. «Agardamos a chegada do ministro que, por certo, xa se produce neste intre. Señor ministro, en directo para Radio Nacional, ¿podería dicirnos...? ¡Ah!, perdón, señor ministro; le voy a hablar en castellano...», dijo el periodista, casi ruborizándose, y siempre a micrófono abierto. Ernest Lluch no dejó continuar a Cabanas. «Por favor, le ruego que siga hablándome en gallego. Lo único que siento, y pido perdón por ello, es no poder responderle en esta hermosa lengua con la que conviví durante muchas temporadas que pasé en Galicia, tierra en la que tengo tantos y tantos amigos». Y continuó la entrevista. Uno preguntando en gallego; el otro, contestando en castellano. Y al final, Lluch incluso llegó a realizar una especie de deseo-promesa de aprender el idioma que decía entender pero no hablar. Todo fue tremendamente espontáneo. No había nada preparado. Fue la única vez que coincidí con Lluch, pero me fue suficiente para conocer su talante. ¿Creerán sus miserables asesinos que eliminaron a un enemigo dándole un par de tiros en la cabeza? Si es así, Arzalluz tendrá todavía más razones para cambiar su discurso: que se olvide de la genética y de los factores errehaches y abogue por la psicología. Algunos la necesitan.